Una Princesa por Navidad
En un lejano reino habita una princesa romántica y soñadora aunque de carácter rebelde.
De hermosa y brillante cabellera negra, piel clara ojos negros y labios carnosos,es una de las princesas más hermosas de su tiempo.
Varios son los príncipes que anhelan desposarla, sin embargo, hasta el momento ella no ha elegido a ninguno. Casarse no es algo que la ilusione en verdad al menos de momento si bien es consciente que más tarde o más temprano tendrá que hacerlo. Antes de la llegada de ese día desea hacer otras cosas, tal vez estudiantes, a pesar que no es algo demasiado habitual en una princesa. De hecho ninguna hasta ahora lo ha hecho. La única preparación que reciben es aquella destinada para ser la esposa de un monarca. Y esto no incluye pensar por ellas mismas y tampoco expresar su propia opinión dado que su única responsabilidad es ser una buena esposa real y dar descendencia a su futuro esposo.
Todas ellas han renunciado al amor porque saben que su deber es contraer matrimonio con aquel que sus padres elijan, les guste o no. Pero algunas albergan la esperanza que tal vez el hombre con el que se vean obligadas a casarse y ellas acaben enamorándose de verdad.
Cristine en cambio es muy diferente a ellas pues piensa por ella misma y no lo oculta.
Otras princesas quisieran ser como ella y poder expresarse con su propia voz,rebelarse, pero no lo hacen por falta de valor y carácter.
La princesa no puede comprender ni aceptar que sus existencias sean decididas por otras personas aunque esas personas sean sus mismísimos progenitores. No desea vivir junto a alguien a quien no ame y que con mucha probabilidad la engañe con otras mujeres casi desde el primer momento de su matrimonio, algo que varios príncipes y Reyes acostumbran a hacer y que les ha pasado a varias amigas suyas. Sus esposos o futuros esposos las traicionan con otras damas y ellas deben soportarlo, sceptstlo, callar y mantener la compostura así como la dignidad.
A los futuros reyes y a los actuales les está permitido tener aventuras extraconyugales. A las reinas no.
Si la esposa de un regente o próximo regente es descubierta siendo infiel a su marido puede ser condenada a muerte por alta traición o de lo que a su cónyuge se le ocurra y su castigo será decidido por su marido.
Cristina anhela escapar de su reino, vivir su propia vida sin imposiciones de nadie en otro lugar donde pueda ser feliz y libre en el que pueda decidir sobre su propia existencia y destino.
Pese a que siempre está muy vigilada eso no la va a detener en sus planes ya que tarde o temprano se marchará de allí. No sabe cómo pero lo hará.
Mientras sus progenitores no cambien de actitud y sigan persistiendo en manejar su vida ella se mantendrá lejos.
Puede que finalmente no le quede más remedio que acatar las órdenes de su padre pero antes hará todo lo que esté en sus manos para evitarlo. Habrá presentado batalla y no se habrá doblegado con tanta facilidad.
Ella no es como el resto de sus compañeras que se resignan con demasiada factura a una vida sin amor solo porque como princesas se deben a sus pueblos o a intereses políticos de sus padres o los de su Futuro marido.
No son mercancía de la que puedan disponer con tanta facilidad. Son seres humanos y como tal deben ser tratadas con independencia de su sexo. No eligiera ser princesas y no deberían renunciar solo por eso.
Cristine envidia en cierta manera a las campesinas porque no tienen que casarse obligadas viven con la persona que aman. Lo que la princesa ignora es que a veces cuando la economía familiar no va bien a veces la relación de pareja se resiente.
Lejos de allí,en una aldea un tanto alejada del castillo en el que habita Cristine, los aldeanos comienzan sufrir las consecuencias de las primeras nevadas invernales. Este año parece que será especialmente frío así que hacen acopio de provisiones y alimentos para pasar unos días sin salir de casa. Por experiencia saben que pueden verse obligados a salir de casa si la cantidad de nieve caída es demasiada y los aísla. Y las nevadas en todo el reino suelen ser muy abundantes y copiosas.
En el castillo de la princesa sus muros resguardan a sus habilidades del crudo invierno y su clima. En las aldeas del reino en cambio los hogares de los campesinos más humildes y por norma general mucho más fríos. Tanto que a veces ni siquiera la leña que queman en la chimenea es suficiente para entrar en calor. Entonces tienen que echar mano de bebidas calientes, mantas y todo aquello que les ayude a protegerse del frío. En ocasiones duermen varios miembros de la familia juntos para darse calor entre ellos.
Sin embargo,en el castillo de Cristine hay una temperatura más que cálida y la princesa lleva puesto tan solo un vestido de tejido ligero y muy hermoso sí, pero que no la protegería del frío fuera del palacio. Si saliera al exterior solo con él podría perecer congelada. Es ideal para estar en el castillo. Nada más.
En la aldea,Cristian, un hombre guapo y sensible corta un trozo de leña para quemarla en la chimenea de la humilde casa de sus padres y hermanos. El muchacho está muy enojado quemarla en la chimenea de la humilde casa de sus padres y hermanos. El joven está muy enojado con los habitantes del castillo, en especial con el monarca y su familia.
«Están rodeados de lujos y comodidades por los impuestos que nos cobran a los campesinos. Disfrutan de un invierno cálido y confortable gracias a esos mismos impuestos pero no les importa que nosotros pasemos frío. » piensa el joven mientras recoge la leña recién cortada. «Estoy harto.»
La princesa ignorando el invierno que les espera a los aldeanos piensa visitar algunas aldeas de incógnito para conocer a sus gentes.
El Rey está preparando una fiesta para celebrar el cumpleaños número treinta y seis de su hija pues esa es la edad que la joven tiene a pesar que aparente como una década menos. Será un evento por todo lo alto con bailarines circenses, acróbatas, etc.
La heredera no sabe que su padre aprovechará dicha celebración para invitar a él a varios príncipes de otros países que cuentan con su beneplácito para llevar al altar a Cristine y uno de ellos será elegido por los monarcas tarde o temprano.
En especial por el soberano.
En la aldea, Andrea, una de las hermanas mayores de Cristian prepara la cena para toda la familia,apenas un plato de sopa. Eso es todo lo que tienen para cenar esa noche.
En el castillo, la princesa se encuentra tan aburrida como siempre, tanto que planea escapar de allá lo antes posible.
En ese momento alguien llama a la puerta de su alcoba.
—Adelante.—dice ella concediendo permiso a la persona para entrar.
Una de sus doncellas ingresa al interior de la habitación y una vez allí le transmite un mensaje a la hija de los monarcas.
—Vuestro padre desea hablar con vos, Alteza.—le dice la joven pelirroja tras hacerle una reverencia a la hija del Rey.
—De acuerdo, enseguida voy.—responde ella mientras se cepilla el cabello.
Minutos más tarde la joven acude a ver a su progenitor.
—Querìas hablar conmigo, padre?—comenta la joven cuando está frente a él.
—Asì es. Buscad el mejor vestido que tengáis para mañana —responde el soberano.
—Por qué para qué? —pregunta ella.
—He organizado una fiesta con motivo de vuestro cumpleaños. —le explica el regente. —Asistirán muchas personas importantes y espero que os comportèis a la altura de vuestro rango.
Ella le observa, le conoce lo suficiente como para saber que algo le está ocultando, pero no va a preguntar nada ya que cuando el Rey se lo propone puede ser muy hermético y es imposible sacar de su boca palabra alguna.
—Como deséis, padre.—responde ella. —¿Puedo retirarme ya?
El monarca da su consentimiento con un gesto de la mano y la princesa se marcha. La joven sospecha que su padre trama algo a sus espaldas aunque ignora que. Regresa a su habitación y se acuesta.
En la aldea, Cristian llega a casa y echa la leña en la chimenea. Su madre le ayuda a quitarse la ropa con la cual ha salido al bosque a por leña y le coloca una manta algo raída sobre los hombros. Instantes después calienta un poco de agua, la vierte en un recipiente y el joven introduce los pies en su interior.
A pesar que Cristian ha salido muy abrigado al exterior, hace demasiado frío y el rato que ha permanecido fuera cortando y apilando trozos de madera para quemar en la chilena ha sido demasiado duro. Y no solo porque el esfuerzo que supone cortar leña, sino también por el intenso frío.
—Ahora relájate, cariño.—dice su madre, una mujer entre los cincuenta y sesenta años pero algo más avejentada para su edad. —Y descansa, que te lo mereces. —le dice su madre acariciando su rostro con cariño.—Enseguida Andrea te trae algo de sopa.
—Cenad vosotros primero, yo estoy bien. No tengo mucho apetito hoy.
En realidad el muchacho sí tiene hambre pero prefiere que sus hermanos pequeños, su madre y hermana cenen más esa noche. Una noche sin cenar a él no le supone demasiado sacrificio y si renuncia a su plato los demás miembros de la familia podrán cenar algo más. La situación es demasiado crítica a veces y la cena apenas alcanza para todos.
Ya vendrán tiempos mejores. O eso espera.
Veinte minutos más tarde, los hermanos pequeños, ansiosos, esperan que, como cada noche , el chico de cabello castaño claro y ojos intensamente azules, les cuente algún cuento.
El hombre posee una habilidad innata para inventar historias y contarlas. A veces eso ayuda a distraer un poco a la familia para que se olviden por unos instantes del hambre que pasan a diario. Tampoco se le da mal escribir poemas de amor. Eso le ha permitido ganar unas monedas.
Las historias que Cristian les narra a sus hermanos están llenas de amor, magia, misterio y guerreros. Ha decidido escribirlas todas en papel para no olvidarse de ellas y para que su familia pueda releerlas cada vez que lo que deseen. Haciendo eso se está convirtiendo,sin saberlo,en el primer escritor de cuentos de la historia.
Finalizada la narración, Cristian y sus hermanos se asoman a una ventana. Comienza a nevar con intensidad y los miembros más pequeños de la familia ansían salir a jugar con los copos de nieve, pero su madre lo impide.
—Podriaìs enfermar si lo hacéis. Hace mucho frío fuera.
Por la mañana, cuando los habitantes de la humilde casa se levantan descubren la preciosa estampa que la nevada caída durante la noche ha dejado en la aldea. Y aunque es un espectáculo precioso, la nieve también es muy peligrosa con la cual hayque tener mucho cuidado. Un espeso manto cubre la aldea.
En el castillo, la heredera también observa los efectos de la nevada de la noche anterior.
—¡Qué hermoso!—dice la hija del soberano.
Nunca ha jugado con la nieve,su padre jamás lo permitiría sin embargo ella quisiera experimentar,sentir cosas nuevas, ver todo lo que se está perdiendo por permanecer siempre encerrada en el castillo.
En la aldea,se colocan cárteles anunciando la fiesta del cumpleaños de la princesa. Quieren que los campesinos acudan a la puerta del castillo para aclamar a Cristine ese día.
«Lo que nos faltaba.»«No solo nos tienen sometidos y gracias a nosotros y nuestro trabajo. Viven a todo lujo con los impuestos que nos cobran, además pretenden que vayamos a adorar a su " princesita",, para que veamos todo lo que tienen gracias a nosotros. Esta gente no conoce el significado de la palabra Respeto» piensa el aldeano indignado arrancando el cartel con rabia. «Seguro que la hija del rey es una mujer presuntuosa, engreída y sin el más mínimo respeto por sus súbditos»
Las horas pasan y los invitados a la fiesta de cumpleaños comienzan a llegar. Cristine se ha vestido sin demasiadas ganas porque a pesar que es su fiesta de cumpleaños no le apetece, en absoluto estar presente.
En la aldea, sus habitantes decoran y engalanan sus hogares para la Navidad.
No es que tengan mucho con lo que adornar el lugar, pero al menos en esas fechas desean que sus viviendas se vean algo diferentes con respecto al resto del año. Ademas de esa forma olvidan un poco las penurias económicas por las que atraviesan a diario.
En el castillo, la vástaga del monarca descubre a varios príncipes con los que su progenitor desea unirla en matrimonio. Y lo sabe porque su padre ya la ha hablado de ellos y les ha mostrado retratos. Es de ese modo como descubre lo que el rey tramaba a sus espaldas para ese día.
Dolida y enfadada la joven regresa a su habitación se cambia de ropa y pide ropa prestada de algunas de sus doncellas para luego ponérselas. Se escabulle del lugar tratando de no ser descubierta, llega las puertas del castillo y logra escapar cuando se abren para recibir a un grupo de caballeros reales que regresan de una misión encomendada por su progenitor.
Cristine mancha su cara y sus manos con algo de barro y prosigue su aventura. No sabe hacia donde encaminar sus pasos, pero anhela alejarse del castillo. Por desgracia su padre ha dado la voz de alarma cuando al anuncar laa aparicion de la festejada esta no ha aparecido.
El rey ha dado una orden de búsqueda.
Mientras la guarda real se pone en marcha para dar con ella, la princesa se apresura pues no quiere que la apresen y la lleven de vuelta al castillo. Debe alejarse cuanto más mejor de allá. Se cae varias veces por culpa de la nieve, sin embargo eso no la va detener.
La guardia real sale del castillo a galope persiguiendo a la muchacha y ella corre para despistarlos. Mientras huye de ellos, gira la cabeza por un instante para saber a que distancia se encuentran de ella pero no los ve. Al llegar al bosque tropieza con un pequeño tronco del suelo y cae rodando colina abajo hasta acaba su recorrdo justo a los pies de Cristian, que de nuevo corta leña para la chimenea.
—Señorita, ¿Se encuentra bien?—pregunta el joven tomando el rostro de Cristine, que en la caída se ha golpeado la cabeza y ha perdido el conocimiento, entre sus manos y observando el golpe que la morena tiene en la frente.
Trata de hacerla reaccionar en vano.
«¿Que hago?» se pregunta el joven de ojos azules «Podría ser una demente o una criminal, pero no puedo dejarla aqui trada con este frío y la nieve que está cayendo. Moriría congelada» piensa el apuesto hombre observándola. »Ademas no se puede negar que es muy hermosa»
El escritor toma en brazos a Cristine y tras envolver la leña en la capa de la princesa la toma en brazosy regresa a casa con su familia no sin cierta dificultad a consecuencia de la nieve. Su familia al verle apareer con la hija del rey se asustan.
—¿Quién es?—desea saber su madre mirando a la chica.
—Lo ignoro. Apareciò rodando colna abajo. No podía dejarla ahí sola madre, entiéndeme. —le explica su hijo.
—Lo sé, cariño. Detrás de esa fachada de chico rebelde se esconde hombre tierno y de buen corazón. Jamás la hubieras dejado abandonada a su suerte.
La dama pide ayuda a su hija mayor para que la ayude a dar un baño caliente a la princesa. Una vez que lo han hecho secan su cuerpo con una toalla,la meten en la cama de Cristian, le limpian el golpe aplicando después sobre la zona unas hojas de plantas antisépticas que siempre suelen tener en casa para evitar que se infecte.
La familia cena y un par de horas más tarde se van a dormir. Cristian dormirá en la misma habitación que la princesa por si ella necesita algo, pero en el suelo sobre unas mantas.
Por la mañana, Cristine amanece con un fuerte dolor de cabeza el cuerpo dolorido, magullado, a consecuencia de los golpes que se dio cayendo colina abajo.
—¿Dónde estoy? —pregunta la joven al verse en un humilde camastro y gente desconocida observándola.
—Eso no importa ahora. ¿Cómo os encontráis? —inquiere el padre de la familia.
—Bien. —responde la princesa tratando de incorporarse.
Un fuerte mareo se lo impide.
—No hagáis eso. No os movais. Tenéis un fuerte golpe en la cabeza y el cuerpo magullado. Quedaos tranquila. —la aconseja la madre del escritor sonriendo con dulzura.
—¿Cuál es vuestro nombre?—pregunta Cristian.
Ella, aún aturdida por el golpe trata de recordar como se llama.
—No...no lo recuerdo. —responde la princesa.
—Puede ser que el golpe que os habéis dado en la cabeza tenga algo que ver para que no recordéis vuestro nombre. Quizá en unos días eso cambie. —responde Andrea.
En palacio el rey enfurece al saber que no hay ni rastro de su hija.
—Cuando Cristine regrese me va a escuchar. Se casará quiera o no, con aquel que yo elija. Es algo ya decidido. —asegura el monarca a su esposa.
La reina calla, es su esposo quien manda allí por desgracia y no hay nada que ella pueda hacer por evitarlo. Además ella también es partidaria de que su hija contraiga nupcias y cuanto antes mejor. Otras princesas de su misma edad hace años que se casaron y tienen varios hijos.
Pero Cristine siempre se ha negado a casarse por obligación. Desea hacerlo por amor. Aunque eso es algo que a sus progenitores no les importa.
El amor es para gente humilde.
Una princesa tiene obligaciones para con la corona y el pueblo. No puede ponerse romántica. Ha de casarse con la persona adecuada, le guste o no. El rey ya ha tenido demasiada paciencia ella, pero se le agotó.
—Dale tiempo. Tal vez su desaparición tenga una explicación. —le comenta la reina a su cónyuge tratando de interceder por la hija de ambos.
—No tiene ninguna explicación, ni excusa su desaparición. Está demasiado acostumbrada a hacer lo que le viene en gana, pero eso ya llegó a su fin. —responde el monarca indignado.
Llega el día de Navidad, Cristine sigue alojada en el hogar de los aldeanos. Aunque ya está casi recuperada de sus heridas, la familia no ha tenido corazón para pedirle que se marche. Además todavía no ha recuperado la memoria y no desean dejarla deambulando sola por ahí en semejante estado.
En Navidad, la familia no tiene regalos que intercambiarse pero les sobra amor y cariño que darse los unos a los otros. Cristine ayuda a las mujeres de la casa a poner la mesa.
Minutos más tarde todos cenan.
—¿Recordasteis ya quién sois? —le pregunta el escritor a la princesa.
—No, pero algo me dice que no era muy feliz en mi antiguo hogar y deseaban imponerme algo que yo no deseaba hacer.
—¿Y qué era eso que no deseábais hacer? —desea saber el hijo mayor de la familia.
—No lo sé. —dice ella cuando ambos se quedan a solas en la sala.
Ambos se miran en silencio durante unos segundos y se besan. Es algo que han evitado durante días desde que empezaron a sentirse atraídos el uno por el por respeto a la familia de Cristian que ha acogido y cuidado a la muchacha. Pero no han podido controlarlo por más tiempo.
Se han enamorado.
Lejos de allí, en otro reino, el soberano del mismo descubre que aquel joven al cual ha creído y cuidado toda la vida como a su hijo y heredero al trono, en realidad no tiene lazo alguno de sangre con él. La malvada hechicera ha hecho pasar a su propio hijo, fruto de su relación con un amante por hijo legítimo del rey.
El monarca, indignado por el engaño los expulsa del palacio ya que ambos, tanto la madre, como su vástago, eran plenamente conscientes que el impostor estaba usurpando un puesto en la corona al cual no tenía derecho alguno. El soberano, casado con la hermana mayor de la mujer que amaba de verdad, sabe que tiene un hijo fruto de sus primeros esponsales con su auténtico amor.
La antigua reina falleció al dar a luz a un hermoso varón y entonces su malvada hermana intercambió a los bebés, sacando al auténtico príncipe de su cuna y metiendo en ella a su propio retoño, el que había tenido con uno de sus múltiples amantes. Luego hizo desaparecer al auténtico heredero del que nunca más se supo.
Todo era parte de un plan urdido por la cuñada del rey para luego casarse con él y llegar de esa manera a ser señora y soberana, la nueva reina. Cosa que logró sin mucho esfuerzo en realidad.
El monarca encomienda a sus mejores caballeros que den con el paradero de su verdadero hijo luego manda encerrar a su malvada esposa y su cómplice hijo, en una torre situada en una solitaria isla de su propiedad, aunque muy alejada del castillo Nadie podrá hablar con ellos y estarán solos, en las mazmorras más pequeñas de la lugar. Tan solo podrán alimentarse dos veces al día y la cantidad mínima para no perecer de hambre. No volverán a gozar de grandes banquetes, como cuando vivían en el castillo.
Eso ya se acabó.
La persona que les servirá las comidas a ambos, un hombre muy anciano, tiene prohibido dirigirles la palabra. Se limitará a abrir las puertas de las celdas, depositar la comida en el suelo y cerrar de nuevo las mazmorras. El anciano, la malvada reina y su hijo, el impostor serán los únicos habitantes de la isla y el rey de aquel lugar no volverá a pensar en ellos nunca más.
Lejos de allí, el padre de la joven, ordena pegar carteles con el retrato de Cristine para poder dar con ella más fácilmente.
En la aldea, en su casa, Cristian dedica unas palabras, no muy amables, al soberano de aquella comarca sin saber que la mujer que tiene ante él es la hija del hombre del cual habla tan mal.
—Jamás pensé que el rey fuera así y que no se preocupara de su pueblo. —se lamenta Cristine que no recuerda aún que el rea es su propio padre.
—Pues así es el rey. Y su hija debe ser igual que él. —se sincera el muchacho bastante molesto.
—Eso no lo podéis saber. Tal vez no sepa que su padre cobra impuestos abusivos a su pueblo. —defiende la muchacha a la hija del soberano ignorando que es ella misma en realidad sonriendo al muchacho.
—No deberíais hablar así de ella, juzgarla tan mal pues quizás os equivocáis con ella.
—Sois increíble. Tenéis el corazón más grande y noble que he visto nunca. —responde él acariciando el rostro de la morena.
Lejos de allí, los caballeros del otro reino piden ayuda al mago de la corte para encontrar al verdadero príncipe.
El hechicero consulta su bola de cristal y les muestra el rostro del muchacho.
—¿Dónde podemos dar con él? —pregunta uno de ellos.
—En el reino que está a dos días de viaje por mar. Una antigua doncella del castillo lo llevó hasta allá. Lo reconoceréis por el anillo con el emblema real, además sus rasgos son inconfundibles, ya que guardan enorme parecido con varios de sus antepasados familiares, aunque su cabello no es tan oscuro, sino más bien de un tono castaño —les cuenta el nigromante.
El mago sabe a la perfección quien es el príncipe, pero no va a decirles nada a los caballeros de su rey ya que son ellos los que deben hallarle.
Amanece en la aldea, la familia de Cristian se levanta. Aunque aún hay nieve en el exterior ya no hay tanto peligro y deciden salir fuera para disfrutar un poco y jugar con ella.
Cristian toma un poco de nieve, hace una bola con ella y riendo se la tira a Cristine. Ella se sorprende porque nunca había experimentado algo así, pero le gusta. Es divertido.
La hija del rey sonríe, toma un poco de nieve, hace una bola algo más grande que la de él y se la tira a Cristian. En ese momento, todos los aldeanos inician una batalla de bolas de nieve, lanzándoselas mutuamente riendo divertidos.
La madre de Cristian entra en casa, aunque le gustaría pasar el día entero jugando con la nieve no puede, hay demasiadas cosas por hacer en casa.
Mientras limpia la habitación de matrimonio y guarda ropa en un baúl, ve el anillo real del país vecino. Está con ella desde hace años, desde que la malvada segunda reina se lo entregó a cambio de llevarse lejos de allí al hijo de su hermana. No debería haber hecho algo así, no debería haberle alejado de su auténtico hogar, pero de no haber hecho lo que hizo es posible que su malvada tía habría acabado con su sobrino tarde o temprano.
Su esposo y ella abandonaron el palacio donde trabajaban como cocinero y doncella, respectivamente, con el recién nacido. En aquel momento decidieron viajar hasta el lugar en el cual llevan habitando toda una vida. Nunca le han confesado al joven la verdad, a pesar de haberlo deseado en muchas ocasiones, pero temen lo que la hermana de la fallecida reina pueda hacerlo al joven. Ambos ignoran que la malvada mujer se casó tiempo después con el rey de aquellos lugares, ni que hizo pasar a su propio vástago como hijo genuino del rey.
El soberano estará preocupado y afligido porque tal vez nadie pueda sucederle tras su fallecimiento. La campesina que crió al chico como a un verdadero hijo, sabe que no puede seguir guardando silencio. Él debe saber la verdad para que pueda reclamar sus derechos de sucesión como primogénito del soberano.
Aunque eso le pueda poner en peligro es justo que sepa la verdad.
En el exterior de la casa, Cristine repara en uno de los carteles que la guardia real ha clavado en el tronco de un árbol. En él está su rostro y se dice que la buscan y que se ofrecerá una recompensa a quién ofrezca noticias sobre su paradero.
En ese instante, la joven comienza a recuperar la memoria poco a poco. El rey ha vuelto a enviar a la guardia real a buscar a Cristine, esta vez por todas las aldeas y rincones del reino.
Minutos después, el ejército real llega a la aldea y la princesa al verlos corre a esconderse para evitar que la lleven de regreso. Por desgracia para ella la han visto.
—Princesa Cristine, venimos a buscarla para llevarla de regreso al castillo. Vuestros padres os esperan y vuestro futuro esposo también.—le dice uno de los hombres del rey cogiéndola y subiéndola a su caballo.
—¡Soltadme! ¡Os lo ordeno! ¡No pienso ir a ningún lado! —dice la joven tratando de bajarse del caballo.
Pero el caballero ignora sus palabras y se aleja junto con el resto de sus hombres rápidamente de allí. Cristian no ha podido hacer nada por evitarlo, todo ha sido demasiado rápido.
Cuando sus hermanos entran en casa le cuentan a sus padres lo ocurrido.
—¿Esa muchacha era una princesa? —se sorprende la madre de la familia.
—Sí, y no cualquier princesa, sino la princesa Cristine, la princesa del reino. —confirma otra de sus hijos de ocho años de edad, muy emocionada.
—¡Vaya! La vida si que te da sorpresas. —exclama la mayor de las hijas del matrimonio.
—Así es, pero creo que aún nos quedan más cosas por descubrir. —les dice su madre. —Esto parece una señal. Ya es hora que la verdad salga a la luz. —dice la mujer mirando cómplice a su esposo.
Cristian y sus hermanos se miran sin entender nada.
La mujer acude a su habitación y toma el anillo,regresa a la sala, donde toda su familia está reunida, pide quedarse a solas con el joven y entrega el anillo a Cristian. Luego le cuenta sus verdaderos orígenes al chico. Pero él se resiste a creer en eso. Siempre ha odiado a la realeza, es imposible que en realidad sea parte de esa gente que tanto ha detestado siempre.
—Yo jamás te mentiría en algo así, Cristian. Es cierto, este anillo es la prueba de lo que te estoy diciendo. Tu padre y yo trabajábamos allí donde tú naciste. Tu verdadera madre era un ángel, en cambio su hermana, tu tía, un pozo de maldad y ambición. Te queremos como a un hijo. —asegura la campesina tomando con amor la mano de su esposo. —Pero debes reclamar lo que por derecho de nacimiento te corresponde.
Minutos después, los enviados del soberano del reino vecino llegan a la aldea en busca del príncipe. Ya han visitado varias casas y en ninguna de ellas han hallado al príncipe perdido. Esperan tener alguna noticia suya en aquel lugar y por eso seguirán llamando a todas las viviendas del lugar en busca de ayuda. Llevan una pequeña bandera blanca con el emblema real.
Cristian no puede asumir lo que sus progenitores le han confesado. Ensimismado en sus pensamientos, no escucha que alguien llama a la puerta de la vivienda en la que ha vivido desde que tiene memoria. Su madre le hace reaccionar y le pide que vaya a abrir. Al hacerlo, Cristian ve frente a él un grupo de hombres desconocidos que se sorprenden al ver su rostro, que es muy parecido como dijo el mago, a varios antepasados del monarca.
Al reparar en el anillo con el emblema real que el chico lleva puesto en uns de los dedos de sus manos, todos se arrodillan ante él.
—Por fin os hemos encontrado, Alteza. Vuestro padre nos envía por vos. —le dice uno de los hombres que están frente a él.
Cristian lo comprende todo al ver la bandera que aquellos desconocidos traen consigo y que tiene el mismo emblema que en su sello.
La mujer que le crió le dice.
—Es la hora. Debes ir junto a tu verdadero padre y recuperar tu lugar en el reino.
—Pero madre, no deseo irme. —responde el joven.
—Lo sé, pero tienes que hacerlo. Nosotros seguiremos aquí si decides volver. Ahora márchate. Te despediré de tus padre y hermanos.
—Volveré madre. Os lo prometo. —le dice él besando la frente de su madre.
El muchacho se va, dejando con el corazón triste a la mujer que le crió, pues aunque no le trajera al mundo le ama igual que al resto de sus hijos.
En el castillo, el monarca reprende a Cristine por su desaparición.
—Eso no es propio de una princesa. —le dice su progenitor a su vástaga.
—Me golpeé la cabeza y perdí la memoria durante un tiempo. —se defiende ella.
—Preparaos, porque dentro de cuatro días os casaréis. Es una decisión tomada y no se os ocurra escapar pues estaréis vigilada las veinticuatro horas del día. Ya he elegido quien te desposará. Estará aquí en unos días. Ahora retiraros a vuestras instalaciones. —le ordena su padre muy molesto y dirigirle la mirada.
Dos días más tarde, Cristian llega al castillo de su padre biológico, que al verle se emociona y le confiesa por que motivo no se ha criado junto a él.
—Por fortuna los responsables y cómplices de tal intriga ya reciben su castigo. —dice el rey.
El monarca ordena a la guardia real avisar a los habitantes del reino para que se presenten de inmediato allí. En cuanto todos están presentes, el monarca cuenta lo ocurrido años atrás y les presenta al autentico príncipe.
Todos le aclaman.
Poco después, un mensajero de otro reino, llega a palacio con un mensaje para el regente.
—Desea que su hija se case con el príncipe. —dice el hombre entregando la carta al rey.
—¿Me permitís, padre? Ya que ese rey desea que despose a su hija, yo soy el más interesado en leer esto. —dice Cristian a su padre.
—Tenéis razón, hijo mío. Aquí la tenéis. —responde su padre dando la carta a su vástago.
El joven comienza a leerla y sonríe.
—Decidle a vuestro rey que me casaré con su hija y que lo prepare todo para la boda.
El mensajero le hace una reverencia y emprende camino de regreso al otro reino.
Días después, Cristine se prepara, sin mucha alegría para su matrimonio, ese mismo día. Al final sus padres se han salido con la suya y se casará con un maldito príncipe que su padre eligió para ella. Al menos pudo conocer el amor gracias a Cristian, recordarle le ayudará a soportar a su futuro marido.
Lejos de allí, en la isla en la fueron desterrados la segunda esposa del rey y su hijo el impostor, el anciano que le servía la comida ha muerto debido a un ataque al corazón.
Desde su fallecimiento, hace días, la mujer y su hijo ya no tienen como alimentarse. Por culpa de esto y por el insalubre estado de las mazmorras en las que están recluidos, ambos enferman y mueren.
Lejos de allí, Cristian retorna a la casa en la que se crío acompañado por su padre biológico; el rey. La comitiva real espera fuera de la vivienda.
En el interior de tan humilde hogar, el soberano agradece al matrimonio que cuidaran del muchacho todos esos años.
—Habeis hecho un gran trabajo. Nuestro hijo, porque es tan hijo vuestro, como de mi primera esposa y mio, es un gran hombre, sincero y trabajador. Será un gran rey.
En el castillo, dos horas más tarde, Cristine ya está lista para casarse y mientras avanza hacia el altar piensa en como podrá aguantar un matrimonio impuesto con un desconocido al que no ama. Siente deseos de escapar de nuevo, pero sabe que le sería imposible. Su padre la tiene bajo constante vigilancia. La ceremonia se lleva a cabo y ambos son declarados marido y mujer.
El esposo de Cristine levanta su velo de novia para darle su primer beso de recién casados. En cuanto lo hace y Cristine descubre que acaba de casarse con el hombre que ama sonríe aunque no entiende nada.
—¿No pensarías que iba a dejarte escapar, verdad? —sonríe él guiñándole un ojo a su esposa.
—Pero, ¿Cómo? ¿Tú aquí? —se sorprende ella.
—Ya te lo dije, nunca me separaré de ti. —sonríe él —Tengo toda la vida para contártelo.
Los recién casados se besan.
Cuentan que Cristine y Cristian fueron unos grandes soberanos, justos y bondadosos.
Aún hoy son recordados.
FIN

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