REENCUENTRO EN NAVIDAD






En una pequeña aldea, llena de gente cálida y acogedora, cae una gran y copiosa nevada. Sus habitantes corren a refugiarse en sus hogares y quitan nieve de las puertas de sus viviendas, ya que cada vez que nieva de esa forma, los vecinos de la aldea quedan aislados e incomunicados. Cuando eso ocurre han de esperar que se derrita un poco para poder trasladarse a otros pueblos a comprar. La temperatura en esos momentos en el pueblo es muy baja.

El único que permanece en su puesto de trabajo es el herrero del lugar, un hombre apuesto, de oscura melena rizada y músculos de piel morena. Mientras trabaja recuerda su historia de amor con la princesa del reino; una muchacha dulce y generosa. Se enamoraron locamente, más cuando el padre de la princesa descubrió el romance los separó. De eso hace ya dos años y el herrero aún no ha podido olvidarla, a pesar de creerla ya casada con otro príncipe heredero.

Sin embargo, la hija del regente no se ha casado, escapó justo antes de la boda y desapareció. Desde entonces nada se sabe de ella, aunque el monarca ha hecho creer a todo el mundo que su hija ha contraído matrimonio y se ha marchado con su esposo a otro país.

Catherine se escapó y en su huida se cayó golpeándose la cabeza. Desde entonces ha perdido la memoria y vive con una familia de la aldea vecina sin recordar quién es en realidad. Es feliz, convencida de ser tan solo una campesina más, sin imaginar que es la hija de un poderoso regente que escapó poco antes de su pactada y obligada boda con alguien a quien no quería.

Todos los días sale a trabajar la tierra y sus manos, delicadas dos años antes, ya empiezan a mostrar las señales del duro trabajo de la tierra.

La familia que la acogió la observa, recuerda el día que la encontraron. Estaba malherida, desorientada y perdida, con las ropas rasgadas. No sabía hacia dónde iba y la madre de la familia se conmovió al verla en ese estado, tan desvalida.

¿Cómo dejarla allí a merced de cualquier desalmado que pudiera hace daño?

La mujer se llevó a Catherine a su hogar hasta que la princesa estuviese curada de sus heridas. Más cuando la muchacha se recuperó por completo de sus ellas, la aldeana no tuvo corazón para pedirle que se marchara, además aún seguía sin recordar nada. No se acordaba de su nombre, ni de nada de su vida anterior.

¿Y si la dejaba marchar y le sucedía algo? No podría vivir con el sentimiento de culpa.

Así pues la princesa se quedó a vivir en casa de la familia que la auxilió como una hija más. Aunque desde que vino al mundo la hija del rey fue mimada, criada, entre algodones, ha resultado ser una persona muy trabajadora.

La madre de la familia ha encontrado en aquella desconocida, una gran ayuda y confidente. Desde que enviudó, tres años antes, la mujer no ha tenido ni un minuto de respiro pues tiene cuatro hijos que mantener y alimentar.
Sin embargo, desde que la joven vive con ellos, ha visto descender su carga de trabajo ya que ahora la mayor parte de esa labor la realiza la hija del soberano. Y la aldeana se ha encariñado con ella. La quiere como a una hija a pesar que tal vez un día, la joven recobre la memoria y decida ir en busca de su verdadera familia.

Lejos de allí, el padre de Catherine, vive sumido en la tristeza desde que su hija se marchó, aunque delante de  la gente sigue mostrándose igual siempre, fuerte y seguro. En privado, esa coraza desaparece y solo desea que su hija regrese. Se ha dado cuenta del error que cometió al pactar su boda. Eso con su vástaga no funciona.

El resto de las princesas que él conoce aceptan sin problemas un matrimonio concertado porque saben que es una de las obligaciones de una princesa para con sus padres y su pueblo. Pero esas normas no se han hecho para su hija porque la joven es muy rebelde y no es sencillo hacerla obedecer. Si regresa junto a él, el regente claudicará y permitirá que Catherine elija a su futuro esposo con libertad. Solo desea tenerla de vuelta.

Muy lejos de allí, el príncipe que iba a casarse con ella, contrajo nupcias meses después con otra princesa muy distinta a Catherine. Una mujer sumisa y obediente, educada para obedecer sin protestar y aguantar lo inaguantable. A pesar los años transcurridos, el heredero no ha olvidado el plantón de la hija del rey. Para él, una persona algo desequilibrada, acostumbrada a tenerlo todo y salirse con la suya siempre fue una humillación. Su orgullo no puede aceptarlo.
Aunque su dulce esposa ha tratado de hacerle olvidar aquello no lo ha logrado.

En la aldea, Charles, el herrero, trabaja sin descanso en la fragua. Prefiere estar todo el día concentrado trabajando, concentrado en lo que tiene que hacer para no pensar en la mujer que le robó el corazón para siempre. Aún permanece soltero. No ha querido casarse con otra mujer a pesar que no le han faltado candidatas. A pesar que su breve romance con ella acabó, su corazón sigue latiendo por la princesa. No habría sido justo para la otra dama casarse con ella porque no la podría amar. No quiere, ni puede hacer eso a otra persona mientras la siga queriendo.

Sabe que hay hombres que se casan sin amar a la persona a la cual unen sus vidas y lo hacen tan solo porque desean tener hijos pero que en cambio tienen amantes con las que engañan a sus esposas. Y eso a Charles no le parece bien.

Sabe que debido a su aspecto físico y al éxito que tiene con las mujeres, muchas personas le creen un hombre infiel y mujeriego, aunque nada más lejos de la realidad. El herrero desea formar una familia, eso es cierto, pero con alguien a quien ame.

Charles está lejos de sospechar que nada es como él cree y que Catherine vive más cerca suyo de la lo piensa. No la odia, comprende que su deber era casarse con el hombre adecuado y por desgracia ese no es él. Después de todo, ella era la princesa del reino y él un simple herrero. Aunque se amen con locura es consciente que no es el hombre indicado para gobernar junto a ella.

A quien sí detesta es al monarca al que no le importaron los sentimientos de su propia hija que luchó con uñas y dientes para permanecer junto al herrero y la casó con otro.

Nunca aceptó que su vástaga se enamorara de un hombre de condición humilde. Un hombre que, además, por si fuera poco, se pasaba el día medio desnudo y sudoroso trabajando como herrero en una fragua. Eso hubiese sido desastroso para la corona

Tiempo atrás...

La princesa Catherine, hija del soberano Edmund, vive aburrida en palacio ya que no puede salir de allí, sin permiso de su progenitor. Lleva mucho tiempo tratando de convencer al rey para que la permita abandonar los muros del castillo y salir a pasear.

El monarca decide, por esa vez, darle permiso para salir de allí. Eso sí, no lo hará sola, la guardia real la acompañará.

—Padre por favor, necesito ir sola. No me gusta sentirme vigilada y si voy con ellos será imposible que me relaje. —se queja la joven tratando de convencer a su padre sin éxito.

Saldréis acompañada por ellos o no saldréis. —le responde el gobernante que no está dispuesto a ceder ante su hija.

Ella, resignada, accede a salir de la fortaleza seguida de la guardia real. Era la única forma en la que podía abandonar su prisión por unas horas. Luego ya se las ingeniará para escabullirse de ellos y transitar con libertad por donde le apetezca, al menos durante un rato. Sabe que su padre lo hace porque se preocupa por ella, pero debería entender que puede cuidarse sola.

Catherine sale de palacio acompañada por su séquito a quienes, con un poco de suerte, tiene previsto perder de vista lo antes que pueda. La muchacha va a lomos de su caballo. Se alegra tanto de haber salido al fin de haber salido de la fortaleza.
Poco después, todos llegan al bosque.

«¡Hay tantas cosas hermosas fuera del castillo..!» «¡Este bosque es tan bonito..!» piensa la heredera.

En ese instante, los animales del bosque comienzan a aparecer tímidamente ante ella que les sonríe. La joven se apea de su caballo y se acerca a algunos de estos pequeños habitantes de la naturaleza.

—¡No, princesa! ¡No hagáis eso! Podrían haceros daño. —dice un miembro de la guardia real apartándola de ellos.

—No digáis tonterías. ¿Qué daño pueden causarme estas hermosas criaturas? —responde ella.

Las criaturas del bosque la observan. La princesa está cansada de su séquito y desea escapar un rato de ellos, así que los animales del bosque ayudan a su nueva amiga y comienzan a molestar a los miembros de la guardia que no saben como librarse de ellos.

La heredera aprovecha ese momento, vuelve a subir a su caballo y escapa a galope.

Cuando el séquito de la joven logra que los animales los dejen en paz corren tras la hija del monarca para traerla de regreso aunque no logran darle alcance porque la hija del rey ya está muy lejos de allí.
La princesa se esconde para que no la vean y una vez se han marchado sigue su camino. Toma su caballo de nuevo, le hace descansar un poco y caminando caminando llega a una pequeña aldea. Eso es algo nuevo para ella que solo ha visto trabajar a los guerreros de su padre en palacio y donde las mujeres solo trabajan en la cocina y apenas tienen contacto con los hombres.

Sin embargo, en aquel lugar, hombre y mujeres trabajan juntos por igual, aunque los hombres realizan tareas que requieren mayor fuerza física.

Los ropajes de la princesa llaman la atención de los habitantes de aquel lugar por lo lujosos que son. Ellos, gente humilde, acostumbran a vestir atuendos de pésima calidad que era lo único que se pueden permitir con lo que ganan trabajando. Ignoran que se trata de la princesa, a la que deben respeto y obediencia, ya que jamás han visto un retrato o una pintura de ella. Sospechan que puede ser  alguien de sangre noble aunque no entienden porque alguien como ella está allí. Los de su clase no tienen por costumbre asomar sus remilgadas y delicadas narices por los sitios en los que están los labriegos. A no ser claro, que vayan allí para mofarse de la gente humilde o anunciar una subida de  impuestos. Todos los vecinos de la aldea se muestran recelosos por la presencia real allá y la miran con insistencia logrando que la hija del monarca se sienta incomoda.

Cuando por fin, tras unos minutos, deja de ser el centro de atención, dos muchachos del pueblo se aproximan a ella para asaltarla.

Alguien lo impide.

¡Dejadla y marcharos! —les advierte una voz masculina.

Al girarse para enfrentarse a aquel que les ha impedido lograr sus fines, los jóvenes ven al herrero del pueblo frente a ellos. De haber sido cualquier otro hombre de la aldea se enfrentarían a él sin dudarlo, pero tratándose del herrero la cosa cambia.

En apariencia el hombre no es especialmente grande, ni corpulento, posee músculos pero no exagerados como los de otros hombres del lugar. Tampoco era demasiado intimidante.  Sin embargo, el herrero posee una gran fuerza y potencia física, mayor, incluso la de individuos más grandes y corpulentos que él.

Es el hombre más guapo y fuerte del pueblo, por eso los muchachos optan por hacer lo más inteligente ; salir corriendo.

—Antes de marcharos pedid disculpas a la dama —les sugiere el hombre de la fragua.

La princesa, mientras tanto no puede dejar de mirarle, de contemplar al hombre que la ha defendido, sin duda el más hermoso que jamás ha visto. Y está...medio desnudo...

Eso no es algo que esté acostumbrada a presenciar y sus mejillas se tiñen de un ligero tono rojo en ese momento.

El herrero la mira.

—¿Se encuentra usted bien, señorita? —pregunta.

—Sí, gracias. —contesta ella.

El joven se aleja minutos después, pero la princesa desea hablar con él unos minutos más, saber más de aquel que la libró de ser atracada. Desea conocer su nombre, así que decide seguirle. Cuando llega a la fragua, el herrero se sorprende al verla allá.

—¿Qué hacéis aquí?

Disculpadme si os inoportuno con mi presencia. Deseo agradeceros lo que habéis hecho por mi hace unos minutos y preguntaros como os llamáis para daros una gratificación. —se sincera la hija del regente.

—Mi nombre es Charles y no es necesario que me deis nada —asegura él concentrado en su trabajo y sin prestar apenas atención a la bonita mujer que tenía ante él a solo unos pocos pasos.

Aunque ella insiste en hacerle entrega de unas monedas de oro como agradecimiento, el herrero se niega en todo momento a pesar que en la aldea hay mucha necesidad económica. Los impuestos los están arruinando.

No está bien aceptar ese dinero que ella le ofrece, después de todo en ese lugar  unos muchachos trataron de asaltarla. No va a permitir que una mujer tan bella sufra daño alguno.

Ambos conversan durante horas y a pesar de sus diferentes clases sociales tienen mucho en común. A Catherine se le hace demasiado tarde conversando con él y Charles decide acompañarla de regreso al bosque.

Una vez allí, la princesa se sube a su caballo y se aleja.

Lejos de aquel lugar, la guardia real lleva horas buscándola. No han retornado a palacio pues de haberlo hecho sin la heredera, el rey los hubiera castigado con severidad. Además ese bosque es inmenso y cualquier persona que no lo conozca, como la princesa, puede perderse allí durante horas.

Al parecer  Catherine no se ha perdido, las criaturas de la naturaleza han cuidado de ella de ella porque intuyen que es una buena persona. Jamás le hubiese ocurrido nada.

La hija del soberano escucha a los caballos de su séquito y se apresura, va a un lago cercano y por fortuna llega antes que los hombres de su progenitor, se apea del caballo, se tumba sobre la hierba, cerca de la orilla y cuando siente a los guardias a unos pasos de ella, cierra los ojos. Finge haberse quedarse dormida y les hace creer que ha permanecido allí todas esas horas, simplemente durmiendo. Y la inteligente princesa logra su cometido.

El jefe de la guardia real se acerca a ella y la despierta.

—Alteza, ¿Estaba aquí? Hemos pasado horas buscandoos. —le pregunta el hombre de cabello y ojos castaños y unos cincuenta años.

—Sí. —miente ella. —Necesitaba estar sola y este lugar tan hermoso y con tanta paz me relajó tanto que me quedé dormida sin darme cuenta.

—¿Os encontráis bien? —interroga el jefe de su séquito.

—Perfectamente. ¿Acaso no me veis? Saldré todos los días a este lugar diga lo que diga mi padre. Y durante unas horas debéis dejarme sola.

—No podéis hacer eso, Alteza. Vuestro padre jamás lo permitiría.

—Puedo y lo haré. No quiero estar todo el día encerrada en el castillo y vosotros me acompañareis aquí. Si os negáis le contaré al rey que hoy me perdisteis durante horas por no vigilarme bien. Y no creo que eso le guste. —les advierte Catherine. —Deseo que me entendáis. Necesito pasar unas horas fuera de la prisión en la que se ha convertido para mi el palacio.

El hombre accede aunque sabe que si el rey se entera de ello las consecuencias serán nefastas para todo el séquito de la joven. Sabe que la chica es una buena persona y que no es feliz.

Lo que desconoce el hombre es que la princesa planea ver todos los días al herrero del que le gusta su compañía, conversar con él. Además, ¿para qué negarlo?  le atrae mucho.

No tiene ninguna intención de divertirse con ese hombre. Eso es algo que harían otras princesas, divertirse durante un tiempo con los campesinos y luego olvidarse de ellos.

A Catherine le gusta su compañía, aunque él ignora quien es ella en realidad y se muestra ante la princesa tal y como es, no agacha la cabeza ante su presencia.

Poco después Catherine y la guardia real llegan a palacio.

—He disfrutado mucho mi salida, padre. He descubierto un lugar hermoso con criaturas hermosas distintas por completo a lo que hay en el interior de estos muros. —le explica la princesa a su progenitor con la imagen del herrero en su cabeza. —Me ha gustado tanto que tengo pensado salir a diario.

Aunque al soberano no le hace demasiada gracia esa idea, su hija le convence para que le conceda su permiso.

Lamenta profundamente tener que engañar a su padre para poder el ver al herrero porque si el monarca supiera no solo que ha estado en una de las aldeas del reino, sino que también ha mantenido contacto con uno de sus habitantes, que la salvó de ser asaltada la prohibiría salir del castillo.

Por la noche, en sus aposentos, la heredera, en su cama, recuerda como conoció Charles.

A diario y durante un tiempo, la princesa y el herrero se ven, conversan durante horas, se miran a los ojos en silencio durante minutos.

Se están enamorando.

Un día él entrega algo a la princesa, un brazalete muy bonito, hecho y forjado por él mismo. Ella le abraza al ver su presente.

—Gracias. ¡Es precioso! Nunca me separaré. —le asegura ella sonriendo al musculoso hombre.

—Vos sí que sois preciosa. —responde él.

Charles toma la cara de la princesa entre sus manos y le da su primer beso de amor a la joven.

Cuando los aldeanos descubren la verdadera identidad de Catherine se sorprenden. No imaginaban que la hermosa mujer que le ha robado el corazón al hombre más guapo del pueblo es la mismísima princesa del reino. Siempre supieron que debía pertenecer a la nobleza, por su ropa y su porte, pero jamás que fuese la hija del rey.

Los rumores sobre el romance entre la princesa y el herrero llega a oídos del soberano. Este enfurece por la mentira de su hija.

El regente descubre a su hija con Charles mientras ella disfruta de su amor con el hombre del que está enamorada. Estan abrazados en la fragua cuando el rey y la guardia real se presentan allí.

La princesa intenta evitar que la separen del herrero. Pero cuando el monarca amenaza al herrero con castigarle duramente por su atrevimiento de poner sus ojos en la hija del rey,   Catherine le promete que hará lo que su padre quiera si deja tranquilo al herrero.

La joven se marcha con su progenitor y su séquito. Charles nunca más volvió a verla.

Dos días más tarde descubre que la mujer que ama se ha casado a toda prisa con el príncipe heredero de un reino cercano. Pero aunque el padre de Catherine ha mentido al asegurar que la joven ha contraído nupcias y se ha marchado junto a su esposo, en realidad Catherine se ha escapado minutos antes de la boda.

Dos años después, Charles cree que la princesa ya debe ser madre, que habrá tenido hijos para dar continuidad a la corona. De lo que no está tan seguro es de su felicidad.

«Si ella me amaba tanto como yo la amo aun dudo mucho que sea feliz con él.» piensa el herrero mientras forja unos utensilios para arar los campos.

En la aldea vecina a la que vive Charles, la princesa regresa a casa. Ya es de noche y la dama que la acogió ya ha preparado la mesa. Catherine la ayuda a servir la cena a los pequeños de la casa. A veces hay tan poca comida que ambas se quedan sin comer y cenar para que los niños tengan algo que llevarse a la boca. Por fortuna está noche cenarán todos.

—¿Te encuentras bien? —le pregunta la hija del rey a la campesina cuando los niños se han acostado ya.

Desde hace ya unos días, la joven se ha dado cuenta que la madre de los pequeños está algo pálida y demacrada, aunque ella trata de disimularlo.

—Sí, no os preocupéis. —miente. —Pero deseo que me prometáis que cuidareis de mis hijos si me llegara a pasar algo. —le pide la mujer a la princesa.

—No es necesario que me pidáis eso. Sabéis que nunca los dejaría solos. Claro que me haría cargo de ellos. Pero, ¿por qué me decís eso? —asegura Catherine.

—Solo deseo asegurarme de dejar a mis hijos protegidos. —se sincera la campesina con ella.

Pasan los días y lejos de allí, el malvado príncipe, aquel al cual la hija del soberano plantó minutos antes de su fallida boda con ella, quiere dar con el paradero de la joven. Tiene que vengarse de ella y limpiar su honor.

Como cada año, los habitantes de la aldea en la que habita la heredera al trono, se trasladan a la aldea vecina en la que vive Charles. Los hombres participan en juegos deportivos y las mujeres elaboran dulces, pese a que algunas de ellas quisieran participar en los juegos deportivos, no son aceptadas por los organizadores de las pruebas físicas que las relegan a hacer postres, "porque es lo que hacen las mujeres".

Los postres que elaborarán las mujeres luego son consumidos por ambas aldeas una vez elegido la tarta ganadora. Pero para ello primero deben esperar que se proclame el ganador de los juegos deportivos porque luego él es el encargado de elegir que tarta debe llevarse el primer premio.

Por primera vez en dos años, Charles ha decidido volver a participar en los juegos. Ese año, Catherine ha elaborado por primera vez en su vida una tarta. Jamás lo había hecho ya que en palacio nunca tuvo que hacerlo. Aunque eso, claro está, no lo recuerda. Para su sorpresa la repostería se le da bastante bien.

La mujer que la acogió, que participa cada año en el concurso y es una experta repostera la ha animado a tomar parte en la competición, aunque a Catherine también le gustaría participar en el de las pruebas físicas.

—Solo pueden participar los hombres. Es injusto, lo sé pero es así. Se supone que ellos están hechos para los deportes, pero nosotras no. No estoy de acuerdo con eso. —se lamenta la campesina.

Mientras se prepara para participar en las pruebas físicas, que dentro de muy poco se van a disputar en su aldea, Charles no imagina que volverá a reencontrarse la princesa, aunque no sabe que ella ha perdido la memoria y no le va a reconocer, ni le recuerda.

Aunque la princesa no recuerda nada de su vida anterior siempre sueña con lo mismo. Con un hombre guapo y moreno que la besa con dulzura en los labios. Ella no puede reconocer a ese hombre aunque puede ver su rostro perfectamente y siente que también le ama.

Pese a que todavía no ha encontrado a la princesa, el hombre al que la hija del rey plantó ya sabe como se vengará de la heredera. En realidad se vengará tanto de ella como del hombre que ama la princesa por culpa del cual ella le abandonó antes de la boda. Para ello va en busca de una hechicera que le ayude con su revancha. A cambio de su ayuda él le hará entrega de unas monedas de oro.

La bruja que no es buena, ni mala, solo cobra por su trabajo, le hace una advertencia.

—Pensaroslo bien. Los hechizos se pueden romper con facilidad si existe la fuerza o el deseo necesario. Hay cosas más poderosas que un hechizo y puede volverse en vuestra contra lo que deseéis hacer en contra de los demás.

—Os voy a pagar muy bien por ello ¡así que guardaros vuestras opiniones que no me importan! —responde el muchacho de forma impertinente. —Cuando tenga a esa mujer en mi poder vendré por vos.

La maga, que conoce la identidad de la mujer de la que el príncipe se quiere vengar, elabora un encantamiento como el que le ha pedido el heredero, que le ha explicado que clase de hechizo quiere. La bruja deja una puerta abierta para que la persona indicada pueda romperlo aunque el malvado joven está seguro que nada, ni nadie podrá romperlo.

En la aldea en la que se celebran los juegos, estos dan comienzo. Cerca de allí las mujeres de ambos pueblos preparan una mesa y colocan sus dulces sobre ellas. Prueba tras prueba el herrero se impone a todos sus rivales y al finalizar la última es proclamado vencedor.

—Enhorabuena muchacho. Ahora, como ganador de las pruebas físicas has de elegir a la ganadora del mejor dulce, de la mejor tarta. —recuerda el creador de los juegos al hombre de melena rizada.

Charles se acerca a la mesa y prueba un poco de cada uno de los dulces.

—Bien, Charles! ¿Cuál de ellos eliges como ganador? —le pregunta el hombre.

—Tarta número dos. —dice el herrero.

—Muy bien, por favor que se acerque la dama que ha elaborado el pastel ganador. Demos un aplauso a la vencedora.

Cuando la ganadora se abre paso entre la multitud y él la ve, al ganador de los juegos se le descompone el rostro.

¡Es  Catherine!

Ella se da cuenta que ese es el hombre desconocido con el que sueña a diario desde hace dos años. Tras recuperarse del impacto, la princesa sonríe al herrero y le da las gracias por elegir su tarta.

Pero quien todavía no ha reaccionado es Charles que no entiende que hace ella allí, en aquella aldea, su aldea, de nuevo y vestida como una campesina.

La dama que acogió en su hogar enseguida se percata que ese debe ser el hombre con el que su amiga sueña todos los días. Lo supo al ver su reacción.

—Muchas gracias, muchacho, por elegir la elaboración de mi muchacha. —le agradece la dueña de la casa donde vive Catherine. —Es la primera que hace una tarta y debería estar orgullosa de ella. Esta hermosa mujer llegó a mi vida hace dos años y me ha robado el corazón.

Catherine emocionada la abraza.

—Y a mis hijos también. La encontré en el bosque un día con la ropa hecha jirones, malherida, perdida y sin memoria. Creo que huía de algo cuando la vi, al menos eso parecía. Solo espero que cuando recupere la memoria no olvide estos dos años juntas y no nos olvide ni a mis pequeños, ni a mi. —se sincera la dama de condición humilde.

El chico de cabellera oscura y rizada escucha con atención las palabras de la mujer sin poderselo creer.

«¿Sin memoria?» «¿Malherida?» «¿Dos años viviendo en la aldea vecina?» «¿Con la ropa destrozada?» piensa el hombre sin dejar de mirar a la princesa.

Entonces Charles empieza a atar cabos. Tal vez decidió no casarse y quiso escapar del castillo. Quizá huyendo, tropezó y se cayó golpeándose en la cabeza. De ahí que esté sin memoria y su vestido quedará destrozado.

No puede evitar alegrarse porque de ser cierto lo que cree que parece haber ocurrido, la muchacha que ama prefirió huir que casarse sin amor.

Siguiendo con la tradición, los ganadores de los juegos deportivos y los dulces; Charles y Catherine, son los primeros en degustar el pastel elaborado por la hija del rey.

Una vez que han terminado los juegos, los campesinos comienzan a marcharse, a excepción de los niños que juegan a tirarse los trozos sobrantes de las tartas. La mayor parte acaba en el suelo y cuando Catherine y su amiga se están alejando de la mesa, la joven pisa, sin darse cuenta un trozo de dulce desparramado en suelo, escurriéndose, cayendo al suelo y golpeándose en la cabeza, lo que le hace perder el conocimiento.

Al ver lo sucedido el herrero corre angustiado hacia ella.

Los recuerdos regresan a la memoria de la hija del soberano al tiempo que su amiga y Charles tratan de hacer que vuelva en si, cosa que ocurre minutos después.

—¿Os encontráis bien? —inquiere el hombre de melena rizada todavía asustado.

—Sí, Charles, estoy bien. —contesta ella sonriendo y acariciando la cara del chico de la fragua.

—¿Me recordáis? —pregunta él sorprendido.

—¡Por supuesto! ¿Cómo olvidar al hombre por el cual dejé plantado al hombre que mi padre me impuso como marido? Preferí vivir toda la vida sola, sin vos que casarme con ese hombre. —le sonríe ella de nuevo.

Ambos se abrazan con ternura.

—Entonces si ya habéis recobrado la memoria de vuestra vida anterior, es de suponer que a mi no me recordaréis. —se lamenta la aldeana que le dio cobijo durante dos años

—También os recuerdo a vos y todo lo que vivimos juntas. —se dirige la princesa en esta ocasión a la campesina. —Poco antes de mi boda salí huyendo de palacio para evitar unirme a alguien a quien no amaba. —confiesa Catherine. —Corrí durante horas hasta que de pronto, tropecé y me caí golpeándome la cabeza. Y ya no recuerdo nada más hasta que me vi en vuestro hogar, malherida.

—Llevas viviendo dos años en mi casa y sin memoria. —le asegura la madre e los pequeños.

—¿¡Dos años!? —se sorprende la joven. —Mi padre nos descubrió juntos y amenazó con perjudicarle si no me alejaba de él para siempre. Pero ya no pienso separarme de él, si Charles me quiere a su lado. —le sonríe ella tomando las manos del herrero con las suyas y besándole dulcemente e los labios.

—¡Por supuesto! —le devuelve él la sonrisa mientras la abraza.

Charles y la princesa le narran a la campesina lo sucedido dos años atrás, como se conocieron y enamoraron. Y como el soberano los separó al descubrirlos.

—Es una hermosa historia de amor, pero debéis entender a vuestro padre. Todos sabemos que el deber de una princesa como tal, es contraer matrimonio con la persona que él considera adecuada. —le dice la aldeana conmovida por su historia.

—Lo sé. —contesta la hija del rey. —Pero yo nunca he sido una princesa como las demás. Soy rebelde. Conozco pocas princesas así. Hubiese hecho cualquier cosa por evitar que mi padre le perjudicara. —asegura Catherine abrazando a su herrero. —Aunque mi corazón se partiera por no estar con él. Cuando minutos antes de mi boda descubrí quien era el hombre con el que me tenía que casar, escapé. No podía casarme con alguien tan cruel y malvado.

Segundos después una voz masculina se escucha y los aldeanos se giran para descubrir a quien pertenece esa voz.

—¿Hablabais de mi? —dice el malvado príncipe que ya ha descubierto en que lugar se halla la princesa. —¡Qué bien que aún os acordéis de mi! Porque os aseguro que me vais a recordar de por vida. —le asegura lanzando una velada amenaza. —¡Cogedla! —ordena el príncipe a sus guardias.

A pesar que el herrero y la labriega tratan de impedirlo, el sucesor termina llevándose a la hija del rey.

—Lamento arruinar una escenita tan romántica. —se burla el hombre mirando a Charles. —Pero Catherine y yo tenemos un asunto que arreglar.

El maléfico heredero se aleja rápidamente al galope con la princesa mientras Charles se desespera preso de la impotencia.

—Tenemos que evitar que la haga daño. Ese individuo es una muy mala persona. —asegura la campesina asustada.

—Lo sé. La traeré de regreso, lo juro. Vos retornad a vuestra aldea con vuestros hijos. Necesitáis descansar.

Y es que incluso el herrero se percata que la campesina no se encuentra demasiado bien.

—Yo me encargo de Catherine. —le asegura el chico de cabello rizado.

La campesina regresa a la aldea y Charles se dirige a su fragua. Allí toma una espada y una armadura que ha forjado por encargo para unos guardias del rey y va en busca de Catherine. Ignora donde pueda estar pero confía en que su amor sea bastante fuerte como para encontrarla. El herrero llega al bosque, pero es tan extenso que no sabe por donde transitar. Una figura comienza a formarse ante él.

—No temáis. Sé a quién buscáis. Dadme la mano y os llevaré al lugar en el que se encuentra. —le dice una joven y misteriosa mujer.

Aunque Charles suele ser bastante desconfiado, en ese momento haría lo que fuese por llegar hasta la hija del monarca, incluyendo confiar en un desconocido. El chico toma la mano de la extraña mujer y ambos se evaporan en el aire tan rápido como la chica ha aparecido.

Instantes después aparecen frente a la entrada de una cueva.

—Solo puedo acompañaros hasta aquí. Está en el interior de la cueva. El resto depende de vos —le dice la dama al chico de piel tostada.

Cuando el herrero se dispone a darle las gracias ya no hay nadie allí.

En el interior de la cueva, el heredero le dice a la hechicera, que acaba de aparecer, que lance su encantamiento a Catherine que acaba convertida en una estatua de mármol.

—Ese es vuestro castigo por haberme humillado el día de la que iba a ser nuestra boda. Así vais a pertenecer por toda la eternidad, encerrada. —se ríe con maldad.

—Recordad, príncipe, que el hechizo puede romperse si alguien que la ame de verdad, la elige a ella por encima de todas estas riquezas. —le explica la encantadora que es quien ha llevado al herrero hasta allí tomando la forma de una joven doncella.

La hechicera está en una cueva llena de oro y joyas.

—¿Y quién va a venir a rescatarla —se ríe el malvado heredero.

—Yo por ejemplo. —dice Charles apareciendo en ese instante.

El consorte se gira al escuchar la voz de su rival. Su rostro se contrae de la ira al ver al herrero allí.

—«Cómo ha llegado hasta aquí» —piensa el malvado hombre. —Me alegro que hayáis venido herrero. —dice mostrando en esta ocasión una sonrisa triunfal. —Así podréis despediros de vuestro amor para siempre.

Se ríe cruelmente.

—¿De qué estáis hablando? —pregunta el chico de cabello rizado.

—¡Comprobadlo con vuestros propios ojos? —le propone el malvado individuo apartándose permitiendo así que Charles vea a Catherine convertida en mármol.

—¿Qué la habéis hecho? ¡Vamos responded! —le exige el herrero furioso al príncipe.

El heredero se burla de él.

—¡Vamos, vamos! ¡No es para tanto! Catherine no vale nada. Después de todo os plantó para casarse conmigo. —miente el malvado consorte.

Charles le sonríe con cinismo.

—Mentís y lo sabéis. Sintió tanto asco y repugnancia al saber que erais vos, su futuro esposo, que no dudó en huir. —le recuerda el hombre de la fragua al hombre de la realeza.

Esas palabras humillan y hacen enfurecer tanto al hijo del rey vecino, que ataca al herrero con su espada. Charles se defiende y tras unos minutos de lucha, el príncipe cae al suelo. El hombre de melena rizada pone su espada sobre el cuello del aristócrata.

—No podéis hacerlo. Solo sois un sucio herrero, solo eso. —se mofa el noble. —Os propongo un trato. —dice el príncipe al herrero.

—¿Cuál?

—Sé que en vuestra aldea hay muchas carencias económicas. Quedaos con el oro, las joyas y olvidaos de ella. Podéis encontrar otras mujeres con las que que disfrutar de todo esto. Catherine es una cualquiera. —responde el heredero.

La rabia se apodera del chico de la fragua y le asesta un fuerte puñetazo a su rival dejándolo sin sentido.

Es posible que el príncipe sea mejor con la espada pues desde niño se ha entrenado para luchar con ellas, pero las manos del herrero son armas letales y pueden tumbar a un hombre de un simple puñetazo.

Charles corre junto a la princesa y la mira, se siente impotente al no saber que hacer para romper el encantamiento. Cuando está a punto de acariciar su rostro, el hechizo se rompe y la hija del rey recupera su forma primitiva. La de una mujer de carne y hueso.

—Pero, ¿cómo? Este tipo me dijo que ella sería para siempre una estatua de mármol. —se sorprende Charles.

Entonces la bruja que lanzó el sortilegio aparece en la cueva.

—Lo que no os dijo es que el hechizo se rompería si la elegías a ella antes que a todas estas riquezas. —le explica la bruja. —Él. —dirige su mirada hacia el príncipe. —Me pagó unas monedas de oro por lanzarle un sortilegio. —se sincera la bruja haciéndole entrega de un saquito con monedas de oro. —Haced un mejor uso de ellas. Vos me habéis mostrado que el verdadero amor existe por encima de la ambición. No soy buena, ni mala. Hacía lo que se me pedía por un precio justo, pero no creía en las personas. Pensaba que todas ellas eran egoístas, crueles y ambiciosas. —se sincera la nigromante transformándose en la joven que llevó al herrero hasta allí.

Charles descubre así quien le ayudó a llegar a la cueva.

—A partir de hoy solo usaré mi magia para el bien, no para el mal. Y os lo debo a vos. Gracias.

—Gracias a vos. —le sonríe él. —Estas monedas se quedarán aquí con todo lo demás. —se sincera el herrero tirando la bolsa junto a las joyas, para luego abrazar y besar a Catherine.

Charles mira al príncipe. Aunque se ha portado de forma muy indigna no piensa dejarle allí. Lo llevará ante el padre de la princesa y él decidirá como castigarle. Se lo merece por todo lo que le ha hecho a la heredera.

—Tengo que pedirle perdón a mi padre por lo que le hice, pero no sé si me perdonará. —se lamenta la princesa. —Fue la única forma que encontré para hacerle entender.

—Es vuestro padre. Seguro que después de dos años lo único que desea es veros sana y salva. —le asegura a la mujer que ama.

El herrero acompaña a Catherine hasta la aldea en la que la princesa vivió esos dos años

—Tal vez tengáis razón. Aunque primero debo ir a otro lugar. —le confiesa ella.

Ahora que ya ha recuperado la memoria y sabe quién es desea ayudar a la campesina que la acogió en su casa durante esos dos años con tanto cariño. Cuando la mujer entra en esa casa, los hijos de la aldeana le comentan tristes a la princesa que su madre que su madre está enferma.

Charles, se ha quedado fuera esperando por ella vigilando al príncipe que acaba de recuperar la consciencia tras el golpe del herrero. El aristócrata intenta agredir al herrero una vez más pero Charles vuelve a tumbarle de otro puñetazo.

En el interior de la vivienda, la princesa acude a ver a su amiga a la que encuentra muy demacrada, pálida y débil. La aldeana le pide que se acerque.

—Me queda poco tiempo, pero me preocupa lo que va a ser de mis hijos cuando yo no esté.

—Estarán conmigo. Os prometí que me haría cargo de ellos. —le recuerda la princesa.

—Eso era antes de saber que sois la princesa. —dice la moribunda mujer.

—Eso no ha cambiado. Princesa o no sigo siendo la misma persona. Vuestra amiga, la que os está muy agradecida. Me haré cargo de vuestras criaturas. —la tranquiliza Catherine.

—Gracias. —le sonríe la aldeana.

Segundos después, la mujer cierra los ojos y muere en paz

La joven llora a su amiga unos minutos y les dice a sus hijos lo que ha pasado de la mejor manera posible. Se hará cargo de darle un digno entierro y una tumba como merece. Les pide a los hijos de la fallecida mujer que se despidan de su madre. Cumple con su promesa y se hace cargo de los hijos de la aldeana a los que considera parte de su propia familia.

La joven regresa al palacio del que salió dos años atrás, con el herrero,  los hijos de la campesina y el malvado príncipe. El rey que después de la huida de su vástaga no había vuelto a verla se emociona al tenerla frente a él. Ella después de pedir perdón a su padre por escapar de la boda le cuenta todo lo que ha vivido desde entonces. Luego mira a los hijos de la campesina.

—Le prometí a su madre que cuidaría de ellos si algo le ocurría. Se lo debo. Estoy bien y viva gracias a ella que me cuidó y acogió estos dos últimos años sin pedirme nada a cambio. Curó mis heridas, me dio cariño, me alimentó y me proporcionó un hogar. Y todo ello sin conocerme de nada. —le explica la joven a su progenitor.

El monarca muy emocionado y agradecido no le reprocha nada y la acoge con los brazos abiertos.

—¡Por descontado, hija mía! Aquí está su hogar. Daremos una buena despedida a su madre. Se lo merece por su buen corazón. —le asegura el rey.

Luego Catherine le explica a su padre lo que aquel que iba a ser su esposo le hizo. El l regente la cree pues hace unos días llegó a sus oídos que el príncipe planeaba vengarse de su hija. El rey enfurece y jura hacerle pagar por ello al heredero.

—Muchas gracias muchacho por salvar a mi hija. Tenéis mi permiso y mi bendición para casaros si eso deseáis. Bienvenido a la familia. —se dirige el monarca al herrero.

Catherine abraza a su padre y  poco después el soberano le comunica al padre del príncipe lo que su hijo ha hecho con Catherine, la vileza que su vástago ha cometido en contra de la princesa.  El regente no duda en castigar a su propio hijo encerrándole por siempre en las mazmorras del castillo, aunque permite que su esposa le visite a diario.

Catherine y Charles se casaron dos días después.

FIN

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