INFIEL


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Sergio, guapo, simpático, sexy, de cabello rubio, ojos oscuros y boca grande. Y sobre todo un hombre muy mujeriego e infiel.
Ha tenido muchas novias, pero a todas, absolutamente a todas les ha sido infiel.
Auténticas brujas manipuladoras que durante un tiempo hacían con él lo que les daba la gana y lo mangoneaban.
Pero a Sergio poco le importaba eso, total él también las utilizaba.
El sexo era lo único que buscaba en ellas.
Ninguna le importó jamás ni lo más mínimo como para tomárselas en serio.
Conoció buenas chicas que le atraían, pero nunca quiso acercarse a ellas, ni dejó que se le acercaran. No quería hacerles daño porque se conoce y sabe que terminaría engañándolas.

En realidad Sergio tiene miedo del amor, tiene miedo a enamorarse de una mujer, entregarse por completo y permitir que descubran que en el fondo, muy en el fondo es un alma sensible que teme amar y no ser correspondido de la misma forma. Por eso siempre se involucra en relaciones superficiales con el mismo tipo de mujer que sabe que no le aman y que solo desean estar con el por su dinero y su aspecto.
Sergio pertenece a una de las familias más ricas de Nueva York.

Su padre es senador y descendiente de venezolanos. Ha podido visitar poco el país de sus progenitores y está muy preocupado por la situación de violencia que se vive allí desde hace años. Sus padres están cansados de su forma de vida.

 —Eres un hombre adulto ya. Tienes casi treinta años. Deberías pensar en asentar tu vida, buscar una mujer en condiciones, que las hay y enamorarte para formar tu propia familia. El hijo de un senador no puede tener esa vida tan...disoluta. —le advirtió su padre en una ocasión mientras revisaba unos papeles en su despacho.

—¡Eso es lo único que te importa en la vida, tu maldita vida de senador! —le reprochó furioso el muchacho, arrojando los papeles de su progenitor al suelo. —Pienso seguir con mi vida te moleste o no. Todas esas mujeres con las que he estado no son blancas palomas precisamente. Todas ellas se interesan en mí por ser quien soy. El hijo de un senador. Solo por eso. Hacen lo que quieren de porque yo se lo permito y porque yo también las utilizo. Me acuesto con ellas y con otras el tiempo que me da la gana y luego las dejo. —se sincera el joven.

—¿Y piensas continuar así toda tu vida? —le reprocha su padre mientras recoge los documentos que su vástago le tiró al suelo.

—¡Por supuesto! —afirma el muchacho con rotundidad. —Todas saben quien soy, por lo tanto son ellas las que me utilizan a mi, para conseguir sus propósitos. Les hago creer durante un tiempo que lo están logrando y cuando me aburro las dejo. No existe mujer en el mundo que me haga cambiar de opinión. Ni que pueda lograr de mi algo más de lo que yo estoy dispuesto a darles. —dice Sergio abandonando la estancia enfadado.

Muy lejos de allí en otro tiempo y lugar, Anna, una bella aldeana, de ojos oscuros y melena negra, se levanta temprano para amasar y hornear pan.
Con ello se gana la vida.
Estar sola en el mundo sin padres, ni hermanos, ni un marido que dé la cara por ella lo hace todo mucho más complicado.
En esos tiempos ser una mujer bella, joven y sola le complica mucho las cosas.
En multitud de ocasiones le han aconsejado que se case, pues solo así será más respetada, además tiene pretendientes bastante acaudalados. Pero Anna no desea casarse si no es por amor. 
Le da igual si los hombres que la pretendan sean ricos o si por no haberse casado aún se la mira con malos ojos.
Ella lucha a diario para mantenerse sin la ayuda de un hombre.
También sueña con el amor. Con conocer a un joven tierno que la ame de verdad y que no se deje llevar por lo que se dice de ella.
Anna sueña con el momento en el que conozca a ese hombre mientras se retira un poco de harina del rostro, con el dorso de una mano, al tiempo que una sonrisa ilumina su rostro.

Lejos de allí, un hechicero los observa a través de su bola de cristal. Una sonrisa se dibuja en sus facciones. El mago desea ayudar a Anna y agradecerle lo que hizo por su hijo. 

El muchacho estaba enfermo de gravedad y la amaba.
La muchacha sabía que al joven le quedaba poco tiempo de vida y mientras el joven vivió, ella estuvo a su lado, dándole su cariño y amistad. Jamás le hizo albergar esperanza alguna respecto a ella, ni siquiera aún sabiendo que moriría pronto. No habría sido justo con él.
No le amaba como hombre, más le quería mucho como amigo. Estaba veinticuatro horas con él, llegando incluso a dejar de trabajar para poder pasar más tiempo a su lado.

Pudo subsistir gracias a unos ahorros que tenía guardados y que la alcanzaron para vivir sin lujos, pero vivir al fin y al cabo durante ese período.

Cuando el muchacho falleció, su padre le preguntó como podía agradecerle todo lo que había hecho por su hijo.

—Lo hize con mucho gusto. Era un gran hombre y un gran amigo. No podría haber actuado de otra forma con él. No tiene nada que agradecerme. —le sonrió con tristeza Anna al hechicero cuando dieron sepultura al hijo del mago, y él conmovido la observaba marcharse de la casa en la que había vivido con ellos durante el tiempo que el joven estuvo enfermo y ella cuidaba de él.

Desde entonces el nigromante, cuida de la joven, la protege para que nadie la cause el más mínimo daño. No a un corazón tan puro y bondadoso.

Por la mente del hechicero acaba de cruzarse un pensamiento.

En Nueva York, Sergio toma su coche y conduce. Eso es lo único que suele relajarle.
Pero no hace más que ver parejas de enamorados por todas partes. Porque a ellos sí se los nota enamorados.
Aunque a menudo se burla de las canciones de amor y de esas parejas tan acarameladas que ve, a pesar que parece feliz con su vida desenfrenada con mujeres y mucho sexo, en el fondo se siente vacío y solo.
Intenta llenar ese vacío cada vez con más mujeres y sexo, pero eso solo lo empeora.
Además está convencido que es imposible que se enamore.
El hijo del senador para su coche en un hermoso parque natural de Nueva York, cubierto de nieve para dar un paseo.

En ese momento un ciervo aparece por allí y le observa fijamente. Al joven le resulta extraño ver un ciervo allí y menos a esa hora, pues están a punto de dar las doce de la noche y decide seguirle.

Los animales son su debilidad. A ellos es incapaz de causarles daño. Le preocupa que pueda estar herido o perdido así que decide seguirle para comprobar por si mismo que se encuentra bien.

Pero ese ciervo tiene algo extraño. En lugar de huir al verlo como haría otro, él parece querer dejarse ver bien por Sergio. 
Y de vez en cuando se detiene y mira hacia atrás como para asegurarse  que el muchacho le está siguiendo.

Al otro lado Anna, que ya ha vendido todo el pan del día, sale también a dar un paseo.
En la lejanía, descubre otro ciervo.

En realidad es el joven y fallecido hijo del mago convertido en ese animal que también cuida de ella como su padre. 

Anna que ama a los ciervos sonríe y lo sigue.

En Nueva York, Sergio se adentra cada vez en la espesura. A medida que avanza se da cuenta que se encuentra en un lugar que no conoce.

«Tal vez nunca haya pasado por acá y por eso me resulta desconocido» piensa el joven.

Ese lugar no solo no le resulta familiar, además tampoco está cubierto de nieve.

Un rayo de sol le ciega un instante.

«¿Sol? ¿A las doce de la noche y en pleno invierno neoyorquino? Debo estar soñando» piensa el muchacho.

Avanza cada más, pero Sergio cegado aún por la luz del sol, tropieza con la raíz de un árbol y cae al suelo.
Y cae encima de alguien.
Ese alguien es Anna, que andaba por ahí cerca haciendo lo mismo que él.

—¡Perdón! No te . Me deslumbró la luz del sol. —se sincera el muchacho sonriendo, mirándola a los ojos 

Aunque en ese instante, Sergio no sabe si se siente más deslumbrado por el sol o por la belleza de la muchacha que tiene debajo de él.

—Tranquilo. Le puede pasar a cualquiera. —sonríe ella.
Sergio se levanta para que la muchacha pueda incorporarse.

Sin embargo, al hacerlo un intenso y agudo dolor en el pie le hace volver al suelo.

—Debes haberte hecho daño en el pie al tropezar. Te ayudaré a levantarte. —se ofrece ella extendiéndole una de sus manos mientras le sigue sonriendo.

Él la acepta. Y ayudado por la joven el muchacho logra ponerse en pie y dar unos pasos, más bien cojeando porque solo apoya el pie sano. Cuando ambos llegan a casa de la panadera, ella le ayuda a sentarse en un sillón, mientras le coloca el pie sobre una mesa y le quita las botas de piel sintética y los calcetines. Al descubrir el pie, descubre lo que ocurre.

—Lo tienes muy hinchado. Le dice la muchacha.

Luego la muchacha le presiona el pie.

—¿Duele aquí? —pregunta ella.

Los quejidos del hombre le dan la respuesta.

—Lo que imaginaba. Tienes una torcedura en el pie por culpa del traspiés que diste en el bosque. Tendrás que estar un tiempo sin caminar hasta que estés totalmente bien. —dice ella. —Así que te quedarás aquí ese tiempo. No creo que puedas ir mucho más lejos tal y como estas. Y yo no puedo abandonarte en cualquier lado para que te pase algo. —dice Anna mientras le sube la pernera del pantalón.

—¿Quedarme...aquí? —responde él mirando a su alrededor y observando esa casa tan humilde que apenas tiene muebles y que los que tiene son bastante antiguos.

—Así es. —responde ella.

—Ya sé que los que son como tú deben sentirse horrorizados al ver esta casa. —se sincera ella.

—¿Los que son como yo? —pregunta el hijo del senador sin entender.

—Los ricos. Vistes de forma extraña, aunque se nota que no eres humilde. —se sincera ella observando su atuendo con detenimiento. —Vosotros estáis acostumbrados al lujo y la opulencia. Quizás hasta tu aposento es mayor que toda mi casa. —dice ella, sentándose junto a él.

La joven le explica como es el día a día de una persona de su condición, la lucha diaria que sostienen para seguir adelante y poder al menos, vivir con un mínimo de dignidad. Dignidad que en ocasiones les roban los poderosos que deciden subirles los impuestos condenándolos así a una vida miserable, con algunas necesidades básicas sin cubrir, por tener que pagar impuestos abusivos.

Los días transcurren con total normalidad. 

Sergio está descubriendo a una mujer que no esperaba, muy distinta de las que se le acercan. Todo lo que la rodea es distinto.

Una mujer trabajadora y luchadora que no amilana ante las adversidades de la vida. Alguien que se levanta de nuevo tantas veces como se cae y sigue luchando.

La vida de Anna y la misma Anna, no es lo único diferente.

Sergio también ha cambiado. Ha aprendido a valorar a una mujer por la persona que es, por su corazón y no por su sexo. Hasta ayuda con la elaboración del pan con el que Anna se gana la vida.
La campesina no tardó en descubrir que Sergio era el típico "niño rico que no daba palo al agua y que vivía a todo tren gracias al dinero de sus padres".

La chica entonces decidió que ya era hora que eso cambiara, de modo de le enseñó a amasar pan.

—Tal vez no puedas pararte de pie y hacer esfuerzos. Pero para amasar necesitas las manos no los pies.
De modo que...—dijo ella poniéndole entonces un buen trozo de masa en las manos. —puedes amasar pan.

Cuando Sergio vió sus manos suaves y de manicura perfectas manchadas de masa, no podía dejar de mirárselas. No podía reaccionar. Sin embargo cuando comenzó a darle forma a la masa descubrió que aquello le gustaba.
Le agradaba esa sensación de tener la masa entre los dedos.

También descubrió que no se le daba nada mal hacer pan.
Además por primera vez en su vida hacia algo productivo y le agradaba.
Aunque, lo que más le agradaba era otra cosa; Anna.

Tan distinta al mundo que conoce...Tan diferente a todas aquellas que se le acercaban por interés.
Anna no solo no sabe quien es y no va tras él, además le ha puesto a trabajar.

Uno de esos días en los que ella salía a repartir ese pan que elaboraban entre los dos, un extraño hombre se presentó en casa de la panadera con la excusa de llevar días caminando y estar sediento. Sergio le hizo pasar y le ofreció un vaso de agua.
El hombre, que en realidad era el mago, terminó confesándole aquello que la muchacha hizo por su propio hijo. No correspondió nunca a sus sentimientos, pero estuvo a su lado hasta el final, ejerciendo de enfermera veinticuatro horas al día. E incluso renunciando ese tiempo a su trabajo.

Al muchacho le impactó conocer esa historia. La de alguien que se sacrificó de tal forma por otra persona.
Y esa persona ni siquiera era su pareja, ella no lo amaba.
Anna lo hizo por simple y pura amistad. Porque posee un corazón generoso.

Sergio nunca había conocido a alguien así, capaz de tanto por otro ser humano, sin pedir nada a cambio. Él estaba acostumbrado a conocer personas totalmente opuestas a ella, superficiales e interesadas en obtener algo de él, y no su corazón precisamente. Eso les da igual.

Desde que la conoció y la miró por primera vez intuyó que no era una mujer como el resto. Hasta la forma en que se conocieron fue distinta. Además en sus hermosos ojos oscuros había algo especial.

Al conocer sobre ese espíritu de sacrificio de la mujer que con tanta generosidad le había acogido en su casa, los sentimientos de Sergio por ella empezaron a cambiar.
No era solo bonita por fuera, lo era aún más por dentro.
Desde entonces no hay día que no la observe en silencio, ni día que no imagine como sería una vida a su lado.

Por primera vez en su vida experimentó un sentimiento nuevo en él. Algo que no había sentido nunca antes.
Por vez primera se había enamorado de una mujer.

Al principio no podía creerlo se lo negaba a si mismo, pero terminó por darse cuenta que era absurdo seguir negándolo.
Nunca ha confesado a Anna lo que siente. Cree que es demasiado especial para alguien como él, que hasta hace unos días era un hombre infiel y mujeriego.
Anna sueña con el amor, eso es cierto, sin embargo también tiene miedo. 

Cuando era adolescente, se enamoró de un joven de buena posición social, luego descubrió que era un hermano del príncipe heredero. Él aseguraba amarla, pero insistía en mantenerla oculta. Durante años vivieron su romance en secreto, pero finalmente él se casó con otra, una princesa de un reino cercano.
Ella se dió cuenta que él no la amaba tanto como le aseguró todos esos años. De modo que decidió alejarse de él para siempre y mudarse a otra aldea del reino para que no pudiera encontrarla.

Ahora su corazón está curado y listo para amar de nuevo. Sueña con el amor pero teme volver a pasar por lo mismo.
Ahora que siente amor por el joven que acogió en su casa, quiere alejarse de él ,que por otra parte no parece albergar otro sentimiento por ella que no sea el de la gratitud.
Además el pie de su huésped ha sanado casi por completo y pronto se irá.

Sergio también piensa en eso. Sabe que su estancia allí comienza a dejar de tener sentido, su pie está casi curado por completo y tendrá que volver a Nueva York. Aun no sabe como lo hará. Ni siquiera sabe como ha llegado hasta aquel lugar.
Pero deberá hacerlo como llegó. Solo.

Además ella no pertenece a su mundo. Poco después de llegar allí, Sergio se percató que aquel era muy distinto del suyo.

El mundo medieval en el que Anna vivía no tenía nada que ver con Nueva York.
Otro mundo, otra época.

Y sin embargo, la vida sencilla de aquel lugar le llenaba más que su vida lujosa y opulenta de Nueva York. Nunca pensó que una vida sencilla y tener que trabajar para vivir le gustaría más que su vida anterior.

Cuando Anna llega a casa, encuentra a Sergio preparado para irse.

—¿Dónde vas? —pregunta ella intentando disimula el pesar que la embarga.

—Ya estoy recuperado y es hora que regrese a casa. —dice él con cierta tristeza.

—Ni siquiera sabes como llegaste a este lugar. Tú mismo me lo dijiste ¿Cómo vas a volver?

—Encontrarè la forma. —dice él dándole la espalda para evitar mirarla. —Es lo mejor para los dos.

—Te acompañaré. —sonríe ella poniéndose frente a él y sonrièndole.

Ambos encaminan sus pasos hacia el lugar en el que Sergio apareció de manera repentina.

Desde lejos el mago los observa. Él hizo llegar al muchacho hasta allá para que él y la panadera se conocieran. Anna se merecía enamorarse de nuevo y él debía conocerla para darse cuenta de la realidad. Que existen mujeres que no persiguen su propio interés al seducirle.
Mujeres que luchan por si mismas para salir adelante y que cuando ponen sus ojos en un hombre lo hacen con honestidad y el corazón limpio.
Sabe que ambos se aman, pero también que no se atreven a expresarse sus sentimientos. En especial Sergio, que cree que ella merece alguien mejor que él. Después de todo siempre fue un mujeriego y un chico infiel. Al menos antes.

El hijo del senador le agradece su ayuda y cuidados. La sonríe y le acaricia la cara. Ella le sonríe sin dejar de mirarle a los ojos, luego le abraza mientras siente como su corazón se acelera.
Él cierra los ojos disfrutando de esa sensación de tenerla por primera vez pegada a su cuerpo. Sergio le devuelve la sonrisa y movido por un impulso la besa.
Ella siente los labios de él sobre los suyos. Luego el chico comienza a alejarse de ella hasta que desaparece por completo de su vista.

Cuando llega a casa, Anna solloza con amargura. 
Dejó escapar al hombre que ama por no confesarle antes lo que sentía y ahora nunca más lo volverá a ver.

A la mañana siguiente la panadera recibe la visita del mago que la sonríe misteriosamente.

—Mañana vendré a que le des una respuesta a mi propuesta. —le dice el mago a la panadera. —Tu vida cambiaría por completo tal y como la conoces ahora.

—Mañana te daré una respuesta. —dice ella.

Dos días después en Nueva York, Sergio le hace partícipe a su padre de una decisión que ha tomado.

—Voy a buscar trabajo. El más humilde que encuentre. Iré subiendo poco a poco, pero deseo empezar desde abajo. Además a partir de hoy voy a colaborar en un comedor social para gente sin hogar.

—No sé lo que te ha pasado pero me complace saber que has decidido cambiar de vida y de valores. —le sonríe su progenitor.

Sergio llega al comedor social y lo que ve allí le toca la fibra. Aquella gente no tiene nada. Por no tener, muchos no tienen ni familia que puedan acogerlos en esas fechas y darles un plato de comida caliente.

—Venga por aquí. —le dice una dama de unos cincuenta años, alta y media melena pelirroja al muchacho. —Le voy a presentar a la persona con la que se encargará de servir la comida de hoy a esta pobre gente.

Tras caminar unos minutos ambos paran frente a una joven de larga cabellera negra que está de espaldas a ellos.

—Señorita. Aquí está la persona con la que colaborará hoy. —le dice la mujer.

La joven se da la vuelta.
Sergio no puede creer lo que ve.

—Esta bella señorita se llama Ana. Será con ella con quien servirá hoy a los sin techo. Seguro se llevarán bien. —dice la señora.

—Seguro—responde ella sonrièndole. —Me voy a asegurar que permanezca a mi lado...Para siempre. —dice la muchacha provocando una gran sonrisa en el rostro de Sergio.

Así pues en el día de Navidad, Anna y Sergio se volvieron a encontrar.
Esta vez para siempre.

Fin.


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