HECHIZO EN NAVIDAD



En un lejano reino de dragones y magia, vive el príncipe Eduard, heredero al trono de aquel país. Es el más apuesto de los reinos cercanos, su melena rizada y sus ojos azules le han convertido en el más deseado también. Las princesas de los países vecinos rechazan a otros pretendientes aún por encima de la voluntad de sus padres pues lo que desean es unirse al muchacho en matrimonio. Sin embargo, él todavía no se ha decidido por ninguna de ellas y eso las hace sentirse ofendidas. Por eso, las princesas piden a sus progenitores que obliguen al joven y esquivo Eduard a desposarlas.

El soberano aconseja a su vástago que se decante por una de ellas.

No padre. Si ya se comportan así porque no me decidí con ninguna de ellas, imaginaos si por fin elijo a una de ellas por encima del resto. No les haría mucha gracia. Estoy convencido que seguirían enfrentándose unas contra otras. No me interesan. Odio que me atosiguen, eso no es propio de una princesa. Para seros sincero, padre, las aldeanas me parecen mucho más interesantes sin duda que cualquiera de esas mujeres. -responde el príncipe Eduard visiblemente contrariado. —Ninguna de esas princesas será ni mi esposa, ni mi futura reina. Prefiero quedarme solo si ellas son mi única alternativa de matrimonio. —asegura el muchacho marchándose de las estancias reales de su padre.

El rey se preocupa seriamente por la actitud del muchacho. Su vástago debe casarse sin remedio porque debe tener hijos que den continuidad a la corona.
La fallecida esposa del monarca actual solo pudo darle un hijo.
O eso cree todo el mundo.

Ambos permanecieron casados por más de veinte años y tras alumbrar al príncipe la reina no volvió a ser madre. El soberano, tras enviudar, no quiso volver a casarse y por tanto no tuvo la oportunidad de convertirse en padre de nuevo. Amaba tanto a su esposa que no quiso sustituirla ni en su trono, ni en su corazón. Desde la muerte de la reina, hace ya algunos años el rey permanece solo. El hombre sabe que si su hijo no se casa, ni tiene hijos, el futuro de la familia real será incierto, pero no puede hacer nada si el muchacho no desea casarse.

Le conoce demasiado bien y sabe de la rebeldía de su vástago. Si se empeña en no contraer matrimonio, no habrá poder sobre la tierra capaz de convencerle de lo contrario, incluso sería capaz de escapar del reino con tal de evitar una boda no deseada.

Lejos de allí, en la época actual en Nueva York se prepara para la llegada de la Navidad. A pesar de la crisis mundial que azota al planeta entero, Estados Unidos no desea renunciar a engalanar sus calles y sus viviendas como siempre han hecho por estas fechas. Al menos durante el mes de Diciembre quieren olvidar la situación tan penosa que se vive en el mundo entero.

Alicia y sus amigas forman un grupo de baile llamado Las Zíngaras, que actúa en algunos locales de la ciudad de los rascacielos.

En su reino, el príncipe habla con el mago de la corte, un hombre sabio que usa sus poderes para el bien y con el que puede conversar de todo aquello que no puede confiarle a a su padre.

Sé cual es la causa de vuestro enojo. Estáis hastiado del acoso al que os someten las princesas de los reinos colindantes. Conociéndoos supongo que no tenéis pensado aceptar a ninguna de ellas, ¿O me equivoco? —comenta el hechicero.

No. No os equivocáis. No tengo intención de elegir a ninguna de ellas aunque me quede solo el resto de mi existencia. —asevera el futuro rey.

Eso tampoco es necesario, solo tenéis que enamoraros de la mujer adecuada. —le explica el mago.

—¿Amor? No creo que el amor exista de verdad, al menos para mi. El único amor verdadero es el que mis padres sentían el uno por el otro. La muerte fue lo único que los separó y desde entonces mi padre no ha querido casarse de nuevo por amor a ella y renunció a tener más descendencia con otra esposa por respeto a su memoria. No creo que exista en el mundo otro amor así. —se sincera el príncipe.

Cada historia de amor es diferente. Tal vez la mujer que se halla en vuestro destino no se encuentre en los confines del mundo que conocéis. —le dice el nigromante al joven con un tono muy enigmático.

¿Qué queréis decir? —le pregunta el heredero.

Tan solo que debéis tal vez, alejaros un poco más de los límites de vuestro reino. —responde el nigromante acercándose a una pequeña fuente.

Con un movimiento de la mano, el mago muestra al heredero varias imágenes de diferentes lugares, así como de diversas hermosas mujeres que podría conocer y casualmente entre ellas se cuela una imagen de Alicia bailando en uno de los locales en los que actúa.
El príncipe, fascinado por su imagen no puede dejar de mirarla.

¿Quién es ella? —pregunta el joven hijo del rey al mago.

Lo desconozco. No comprendo como ha llegado su rostro hasta aquí. Tendréis que averiguarlo vos mismo. —le responde el brujo.

En realidad, el hombre conoce más cosas del hijo del monarca de las que parece pero calla, Eduard tendrá que descubrir algunas cosas por si mismo. Él tan solo le ha mostrado imágenes de lugares y gentes que el muchacho no conoce. No puede hacer nada más. El resto depende del chico de melena rizada.

¿Cómo puedo encontrarla? —desea saber el futuro rey.

Si es vuestro deseo puedo ayudaros a llegar hasta ese desconocido destino, pero nada más. Y recordad que tal vez no sea una mujer como las demás y por tanto tendréis que conquistarla de manera diferente. —le aconseja el encantador. —Quizá tendréis que aceptar su rechazo hacia vosotros, si eso llegara a suceder.

Estoy dispuesto a todo. Deseo tener la posibilidad de conocerla e intentar enamorarla. —se sincera Eduard.

Muy bien, siendo así y antes de emprender vuestra marcha, id a despedíos de vuestro padre —le dice el mago.

El vástago del soberano acude a ver a su progenitor y le explica el motivo del viaje que va a realizar.

Pero hijo, ¿cómo vas a ir en busca de alguien a quien no conoces solo porque la has visto en el agua de una fuente mágica? —se sorprende el rey ante la revelación de su hijo.

No os lo puedo explicar, padre. Solo sé que debo conocerla. —se sincera el muchacho.

Está bien, hijo mío, pero por favor prometedme que tendréis cuidado. —le ruega el regente preocupado.

Os lo prometo padre. Me cuidaré. Suceda lo que suceda trataré de regresar lo antes posible con bien para que no os preocupéis por mi. —responde su hijo besando la frente de su progenitor.

Eduard regresa junto al mago minutos después.

Vuestro padre me encargó hace tiempo que os diera esto si llegaba este momento. Os conoce y sospechaba que tarde o temprano marcharíais de palacio en busca de lo que necesitáis hallar. Lo que seguro no imaginó es que os alejaríais de su lado para ir en busca de una desconocida. —le explica el hombre que hace magia entregándole un saquito.

El muchacho lo abre y encuentra en su interior varias monedas de oro.

Administrarlas con sabiduría ya que solo disponéis de esas monedas. —le recomienda el mago. —Ahora preparaos. Tenéis hasta año nuevo para conquistarla. Si para entonces no lo habéis logrado deberéis regresar y contraer matrimonio con la mujer que vuestro padre disponga os guste o no. Una última cosa. Si para ese momento no habéis retornado, quedaréis atrapado en aquel lugar para siempre. —le advierte el mago.

Soy consciente de ello y asumo lo que pueda ocurrir. —responde el joven príncipe.

¿Estáis seguro que es esto lo que queréis hacer? Una vez hecho no hay vuelta atrás. ¿Estáis totalmente seguro? —vuelve a insistir el hechicero.

Sí lo estoy. —responde el joven.

Segundos más tarde, el mago pronuncia un hechizo y el joven heredero llega al lugar en el que vio a la mujer que le cautivó ; Estados Unidos, más concretamente Nueva York. Enseguida se percata que aquel es un lugar extraño en el que la gente viste de forma bastante rara. Jamás había visto gentes como aquellas. En ese sitio hace frío, sobre todo mucho frío.

Si al joven le parecen raros los habitantes de Nueva York, más extraño les resulta él a los neoyorquinos y le miran de la misma manera, llena de curiosidad, en la que el hijo del rey los mira a ellos.

Los habitantes de la ciudad piensan que el príncipe va a una fiesta de disfraces o que tal vez no está bien de la cabeza. Además por su larga y rizada melena, bien podría pasar por un cantante de Hard Rock de la época, pues esa estética de pelo largo y rizado es muy similar a la de los componentes de varias bandas de ese estilo musical.

El rubio transita por las calles de la ciudad observando esas luces tan propias de esas fechas, algo totalmente desconocido para él, dado que en el lugar del cual procede no hay nada de eso. También observa a la gente cargada de bolsas y paquetes de regalo.

Aunque hay algo que le sorprende más aún al futuro rey ; el tipo grande vestido de rojo y larga barba blanca que agita un extraño objeto con una de sus manos, mientras dice algo que no logra comprender. Cada paso que da en aquel extraño mundo supone una nueva y desconocida sorpresa para él. A pesar de no haber visto esas cosas nunca antes en su vida, le parece un ambiente agradable y alegre y no puede evitar sonreír.

Poco después sus pasos acaban llevándole hasta Central Park donde descubre un hermoso e impresionante árbol. Un abeto iluminado como siempre está por esas fechas. El príncipe sabe que tipo de árbol es ya que hay muchos de ellos en su reino, aunque ninguno como el que sus ojos miran en ese momento, no comprende porque ese árbol es así, tan brillante. En su país están en el bosque y nadie se atrevería a sacarlos de allí ya que se castiga con dureza el maltrato a la naturaleza. A ningún habitante de su reino se le ocurriría cortar un abeto y sacarlo de su entorno natural para llevarlo a otro lugar y ponerle esas cosas raras que ve en aquel.

De hacer algo así serían escarmentados con mucha severidad. Sin embargo, eso en ese lugar no parece importar, por lo visto eso allí no se sanciona.

En el reino, el mago de palacio observa todo lo que el heredero hace a través del agua de su fuente mágica. No puede hacer nada más, solo limitarse a mirarle. Solo podría intervenir si su vida estuviera en riesgo para protegerle o si el mismísimo príncipe se lo pidiera.

La noticia de la marcha del muchacho no tarda en saberse y los habitantes del lugar se preguntan cuál será el motivo de su partida. Pero al monarca solo le importa que su hijo llegue a su destino bien y que retorne lo antes posible al castillo porque si el resto de los reinos se enteran de su marcha tendrá que dar explicaciones a las princesas de dichos reinos. Ya que todas se muestran interesadas en el muchacho querrían conocer el motivo de su escapada.

Lo cierto es que el regente entiende porque su hijo no se ha decidido por ninguna de esas princesas que le asedian pues él opina de idéntica forma aunque no puede, ni debe decirlo, ha de respetarlas por encima de todo. Si lo que de verdad piensa el rey sobre ellas llegara a oídos de sus padres estos, ofendidos, dudarían ni un instante en declararle la guerra al soberano.

En Nueva York, en la época actual, Alicia y sus compañeras de baile llegan al local en el que actuarán esa noche. Decorado como si fuera el interior de la carpa de un circo, el lugar es el más frecuentado por la gente de la ciudad por las noches para tomar una copa. Tiene de todo ; un ambiente cálido y agradable, buenas atracciones visuales, buen espectáculo...Ideal para pasar una amena noche.

Alicia y el resto de las bailarinas se visten para el show y ensayan el show de esa noche.

Lejos de allí, el príncipe abandona Central Park y mientras transita por las calles sin rumbo fijo ve algo pegado en una farola. Se acerca a ella con cautela y después de tocarla varias veces con cierto temor se da cuenta que no es un objeto peligroso descubriendo en ella un cartel con una foto de Alicia y sus amigas anunciando su actuación en el local esa misma noche. El príncipe sonríe al ver el rostro de la bailarina.

Te encontré. —dice en voz baja el futuro rey.

El heredero no conoce ese lugar, ni como llegar hasta allí pero cree que alguien se lo podrá decir. Con paso decidido de acerca a un grupo de adolescentes después de arrancar el cartel. Una de ellas le indica como llegar y el joven de cabello rizado besa su mano en señal de agradecimiento. La adolescente, de unos diecisiete años de edad se sonroja con ese gesto de Eduard.

¡Qué tipo más raro! ¡Menuda pinta lleva! —comenta una de las amigas de la sonrojada mujer joven.

Tal vez, pero es tan guapo... —responde la destinataria de la galantería. –Ya no quedan hombres así...vuelve a decir la muchacha con una sonrisa en los labios mientras ve alejarse al príncipe.

Luego el príncipe se encamina hacia el local. Allí encontrará por fin a la mujer que desea convertir en su esposa y al llegar al local, rato después, hace su entrada en el lugar. En cuanto los clientes del establecimiento reparan en su presencia, todas las miradas se dirigen hacia el hijo del rey. Es un hombre muy guapo, con ese cabello largo y rizado, muy a lo músico de Hard Rock de la época a la ha llegado Eduard; los años ochenta, pero extraño. Eso es lo que piensan la mayoría de las mujeres al verlo. El dueño del local se acerca al descendiente del monarca.

Perdone caballero, pero no puede estar así en este local. —le dice el dueño de todo aquello al rubio al observar sus ropajes.

¿Así cómo? —desea saber el joven.

Con esa ropa. —responde el hostelero, un hombre de unos cincuenta años mirándolo de arriba abajo.

¿Qué tiene de malo mi ropa? —pregunta el heredero al hombre mientras se mira. —Es la única que poseo ahora mismo además no he visto prohibición alguna que me indique que no puedo usar esta ropa en específico. Acabo de llegar a este lugar desde un sitio muy lejano y no he tenido tiempo de adquirir otros ropajes. Si tenéis algún problema con mi manera de vestir me quitaré la ropa en este mismo instante. —asevera el príncipe levantándose y comenzando a despojarse de su vestuario.

De acuerdo. No es necesario que siga. Pase por esta vez, además tiene usted razón, no hay nada a la vista que indique a nuestros clientes como vestir. —dice el dueño del local alejándose del heredero al trono.

Me alegra comprobar que sois una persona razonable. Mi padre castigaría vuestro atrevimiento si osaráis hacer algo contra mi. —asegura el joven príncipe.

El hostelero decide no volver a acercarse al joven pues cree que está algo desquiciado y prefiere evitarle.

La música da comienzo, el centro del escenario se ilumina y el hijo del rey, que se encuentra sentado en la mesa más cercana al escenario espera ansioso lo que va a suceder a continuación.

Las bailarinas empiezan a aparecer, una a una y cuando están todas juntas en el escenario, con Alicia al frente, comienzan a realizar su sensual coreografía.
La música y la decoración del local, propician que la magia envuelva a todos los presentes.

En cuanto los ojos de Alicia se encuentran con los de Eduard por unos segundos, este la sonríe. Ella, aunque en un principio se sorprende de la curiosa vestimenta del muchacho le devuelve la sonrisa. Ha decidido dedicarle el baile solo y exclusivamente a él.
No sabe porque, pero la mujer ha sentido algo que no puede explicar. Es algo más, una extraña e inexplicable sensación, como si ese hombre tan guapo de melena rizada y de ropa tan rara, fuese a ser, de un modo u otro, alguien importante en su vida.

«¡No pienses cosas absurdas, Alicia!» piensa la bailarina.

Algo más fuerte que ella misma hace que la joven esté pendiente solamente de los ojos del futuro rey. Le mira mientras mueve su cintura y sus caderas al ritmo de la música. Sus ojos desprenden fuego al mirarle y Eduard solo puede estar pendiente de los ojos y la sonrisa de la danzarina. La canción llega a su fin y los ojos de ambos se miran con insistencia durante unos segundos. Ella le guiña un ojo, le sonríe y se aleja de sus compañeras para cambiarse de ropa, que no tardan en imitarla marchándose detrás de ella.
Eduard sale del local con la esperanza de hablar con ella, pero la muchacha no aparece de modo que se marcha esperando poder hablar con ella al día siguiente, pues saben que en algún instante podrán conversar y el príncipe le pedirá que se vaya con él a su reino, a su castillo y sea su esposa, su reina y la madre de sus hijos. Pero antes el heredero debe buscar un lugar en el que alojarse y pasar la noche, hasta que retorne al lugar del cual prodece, aunque todos los sitios parecen estar al completo.

«Mucho me temo que tendré que pasar la noche en cualquier lugar.» «Pero ¡demonios!» «¿A dónde puedo dirigir con este frío?» «Un príncipe no debe pasar una noche al raso» se dice a si mismo el joven frotándose ambos brazos con la mano contraria y así aliviar un poco ese frío, mientras transita por las calles de la ciudad que se va vaciando de gente a medida que pasan las horas.

Hechas las compras navideñas de ese día y una vez que han cerrado tiendas y comercios, los habitantes de la ciudad corren a sus casas para descansar de un agitado día de trabajo y compras, cenar y tomar algo caliente frente al televisor.
Minutos más tarde, un grito alarma a Eduard ya que parece una mujer pidiendo auxilio, a la que nadie escucha y el hijo del monarca se dirige al lugar de donde sale esa voz. Al llegar ve a Alicia que sufre la agresión de un cliente borracho del local que la seguido hasta allí e intenta abusar de ella.

¡Soltad a mi futura esposa de inmediato! —exclama el joven dando una orden al delincuente, que es más alto y corpulento que el vástago del soberano, soltando por un momento a su presa.

¡Ya me habéis escuchado, no pienso repetirlo! —exclama el joven por segunda vez.

El individuo se acerca al futuro rey con actitud amenazante y el joven aprovecha para propinar u puñetazo al grandullón con todas sus fuerzas. Sin embargo, para alguien tan fuerte y grande como el agresor de Alicia ese golpe apenas le hace inmutarse, ni siquiera lo ha sentido. El individuo acaba golpeando al rubio de cabello rizado, aunque segundos después algo golpea la espalda del delincuente que cae al suelo inconsciente. Alicia le ha atizado con una vara de hierro que encontró.

Vámonos de aquí. No creo que permanezca sin sentido por mucho tiempo. —le dice Eduard a Alicia extendiéndole la mano.

Ella toma la mano del príncipe y ambos comienzan a correr escapando de ese gigante malencarado y bruto que estaba agrediendo a la bailarina. Después de pasar un rato huyendo del agresor, la pareja se convence que ya no les podrá atrapar, que ya no hay peligro

¿Me acompañarías a la comisaría a poner una denuncia? —le pide ella al futuro rey.

Ignoro que lugar es ese que decís, pero os acompañaré encantado a donde vos me digáis. —la sonríe el príncipe.

Gracias. Eres un tipo extraño, aunque te agradezco lo que has hecho por mi esta noche. —se sincera la morena con el rubio. —sonríe ella en esta ocasión.

Ambos llegan a comisaría y en cuando ven al príncipe todo el mundo le mira con extrañeza. La bailarina hace la declaración de lo sucedido al policía. El agente le muestra unas fotos de una serie de delincuentes fichados y conocidos por la policía. La bailarina no tarda en identificar a su agresor en una de ellas.

Es un tipo peligroso, con un amplio historial delictivo, así que cuídese —le aconseja el policía

Nadie osará hacerla daño. De mi cuenta corre que eso no ocurra. —comenta el hijo del monarca.

La joven sonríe. A pesar de ser un hombre extraño, ha de agradecerle que ese criminal no pudiera consumar su agresión con ella hasta el final. Además nunca antes la habían tratado así, con esa delicadeza. Por si fuera poco aún no ha intentado aprovecharse de ella o seducirla y eso es algo a lo que no está muy acostumbrada. Se siente tratada como oro en paño y le gusta, para qué negarlo? ¿A qué mujer no le gusta ser tratada con respeto, por muy moderna que sea? La que diga que no, miente.

Aunque la bailarina es una mujer independiente, se basta por si sola para hacerlo todo, le gusta que un hombre, aunque solo sea uno, la valore y la trate bien. Y no se refiere a que un hombre la mantenga o no le permita hacer nada por miedo a que se haga daño. Simplemente busca un hombre que la respete tratándola de igual a igual, con el que pueda ir a dar un paseo, con el que pueda charlar de todo tranquilamente durante horas sin que él piense en tener sexo con ella el mismo día que la conoce o días después.

La mayoría no se molestan en conocerla, sin embargo, ese hombre tan extraño que conoció horas antes y que viste de manera un tanto peculiar, es totalmente diferente a todos ellos. La trata con respeto, demasiado respeto y no vaciló un instante en enfrentarse a un hombre desconocido mucho más grande que él que podría haberle dado una paliza. Y todo por defenderla. Y eso que ni tan siquiera la conoce, solo intercambiaron las miradas por unos minutos mientras ella bailaba. Nada más.
No sabe nada de donde ha salido, ni su nombre, ni él el suyo, pero nunca había conocido a un hombre así.

Una cosa es que una mujer pueda ser fuerte, independiente y moderna, que no te agrade que te abran la puerta del coche o te retiren la silla a la hora de sentarte en un restaurante porque eso pueden hacerlo ellas mismas. Pero que un desconocido como él, te defienda de un delincuente poniendo su vida en riesgo, no pasa todos los días, ni lo hace cualquier persona. La gente ya no defiende a los demás de situaciones así quizá por miedo, para no salir mal parados o tal vez tengan demasiada prisa como para pararse a ayudar a sus semejantes. La bailarina no sabe quien es ese hombre y tampoco Le importa. Desde que le vió en el bar donde bailaba, algo inexplicable experimentó. Sabe que mientras esté a su lado estará segura y además, ¿por qué no reconocerlo? Es un chico muy guapo.

Cuando ambos abandonan la comisaría, minutos después la gente se gira para mirarlos. Un par de manzanas después, Alicia llega a su hogar y se despide del príncipe.

Gracias por todo. Nunca lo olvídaré. —le dice la bailarina al heredero.

Estoy a vuestra disposición, bella dama. Necesito alojarme en algún lado para pasar el tiempo que esté aquí. ¿Podríais indicarme dónde me pueden dar posada por estos lugares? —inquiere el futuro rey.

En Navidad no creo que encuentres donde pasar la noche. Estará todo al completo. —asegura ella.

La joven permanece unos segundos en silencio, luego se gira hacia él y le dice.

¿Por qué no te quedas en mi casa? Puedes pasar el tiempo que quieras. Es mi manera de darte las gracias. Además esta noche es una noche muy fría para andar caminando sin rumbo fijo y no creo que tu ropa,—dice la bailarina mirando al joven de cabello rizado de arriba a abajo con cierta curiosidad, —sea la más indicada para este tiempo en Nueva York. —asevera ella.

Él se sorprende.

¿Nueva York? ¿Así se llama este lugar? —desea saber él.

La chica le sonríe.

Así es. Nueva York, en los Estados Unidos de América. Supongo que habrás escuchado hablar de esta ciudad. —responde ella.

Os equivocáis. Jamás he escuchado hablar de este lugar. El sitio del cual procedo se halla muy lejos de aquí y nunca antes había llegado ese nombre a mis oídos. —se sincera ella hijo del rey con ella.

Ambos suben al apartamento de Alicia y el príncipe observa a su alrededor todo lo que hay. Para él todo es nuevo y desconocido en aquel extraño lugar.

Deberías darte una ducha caliente y cambiarte de ropa. —le propone la bailarina abandonando el salón por unos minutos.

Cinco minutos más tarde, la joven regresa.

Ten. Aquí tienes ropa más cómoda. Es de mi hermano que una vez al año pasa unos días aquí e Nueva York conmigo. Creo que te quedará bien porque usáis más o menos la misma talla. —le dice la joven tendiendo la ropa al heredero.

El príncipe examina la ropa curiosidad, no sabe cómo va a ponerse eso pero no desea que la mujer que quiere convertir en su futura esposa crea que es un inútil.

Acompáñame. Te mostraré el baño. —le asegura la mujer de oscura melena al rubio de pelo rizado.

Él acude a la llamada de Alicia y contempla el aseo con gran asombro. En su palacio no son así, son muy diferentes.

Aquí tienes champú y gel. Son los que usa mi hermano. Esta es la llave del agua caliente y esta la del agua fría. —le explica ella cerrando la puerta tras de si.

El príncipe, ya a solas en el servicio se desnuda, entra en la bañera y abre el grifo del agua fría por error y el agua helada moja sus pies. Él reacciona apartándolos del agua y tras luchar durante unos segundos con el grifo al final logra cerrarlo.
Y es que cada vez se encuentra con algo nuevo en aquel lugar.

Minutos después, el hijo del monarca abre la llave del agua caliente y se vuelve a sorprender. No puede creer que en algún lugar, sea el que sea, salga agua con tan solo girar una llave. De donde él viene si quiere agua caliente hay que calentarla primero y desde luego no sale de un grifo como allí, hay que ir a buscarla a la fuente. Y desde luego nunca se queda solo en el baño. Cuando le toca tomar un baño de aseo, son sus criados quienes lo hacen, ellos son los encargados de asear al príncipe, aunque al joven eso no le gusta demasiado, le resta intimidad a un momento que debería ser precisamente eso ; íntimo. Pero es la tradición y su padre no ha consentido que su rebelde hijo se niegue también a eso.

En el salón, la bailarina, después de ponerse ropa cómoda, desmaquillarse y cepillarse el cabello varias veces hasta dejarlo suelto y brillante, busca unas mantas con las que ella y su extraño huésped se puedan tapar para combatir el frío.

¡Por Dios, qué frío hace hoy! —exclama la joven acurrucándose en la manta para entrar en calor.

La joven se despoja por un rato de la manta y se dirige a la cocina donde prepara bebidas calientes para ella y su invitado.

En el cuarto de baño, el joven deposita un poco de champú sobre su mano y sorprendido examina su extraña textura y decide olerlo. En el lugar del que procede, se usa una pastilla de cabello para el aseo. La misma pastilla para el cuerpo y el cabello. El joven enjabona los rizos rubios de su cabello con el champú y poco después se aclara con agua, luego repite la operación pero con el gel. Diez minutos después, cierra el grifo, sale de la bañera, se seca con una toalla que también examina con curiosidad y se pone la ropa que la joven le ha dejado. Luego sale del baño.

En cuanto el futuro rey aparece en el salón, percibe u ambiente cálido y acogedor pues al parecer Alicia decidido en el último momento encender un radiador para calentar un poco la casa en esa gélida noche.

Al príncipe le gusta ese ambiente cálido, en su castillo hace mucho frío y no tan solo por la temperatura. Aunque su padre, el rey, se esfuerza por estar cerca de su vástago y fomentar una estrecha relación padre e hijo, nada es lo mismo desde que la reina falleció, además sus obligaciones políticas y de estado como rey le consumen mucho tiempo.

El hijo del monarca estaba muy unido a su madre porque la mujer siempre estuvo pendiente de él. Tenían una relación muy especial, mucho más especial que las de otros príncipes sus respectivas progenitoras. Para la reina Elizabeth, ser madre era más importante que ser reina y siempre mantuvo un ambiente cálido y confortable en el castillo. Pero desde su partida, el palacio real se volvió frío, muy frío. Cuando el joven se siente afligido por algo piensa en ella más que nunca. La extraña y la necesita. Ella se le aparece en sueños e intenta apoyar y dar consuelo al joven.

Aunque no lo creas siempre estoy pendiente de ti, hijo mío. —le asegura ella en esas ocasiones en las que se le aparece en sueños.

El príncipe lo sabe, porque la siente a su lado, siente su presencia cada día desde que la reina dejó el mundo terrenal para pasar al mundo espiritual.

Lejos de allí, en el castillo, el padre del joven heredero, mira una pintura en la salen ellos tres ; él, Elizabeth y él hijo de ambos. El príncipe era un bebé todavía cuando el pintor los dibujó a los tres. El rey derrama unas lágrimas. En ese momento el espíritu de su fallecida esposa mueve ligeramente el cuadro porque desea que su marido se dé cuenta que ella sigue allí.
Él se sorprende.

Mi amor, ¿eres tú? ¿Estás aquí? —pregunta el soberano.

Al igual que su hijo, el rey siente la presencia del alma de su esposa en el castillo. Ella mueve las cortinas y así su esposo confirma que, en efecto, ella está allí y le puede escuchar.

Si estás aquí y me escuchas vuelve a mover el cuadro. —le pide el regente.

Ella lo hace, aunque la respuesta tarda en llegar algo más al mundo físico. Pero cuando el hombre ve moverse el cuadro se emociona.

Te extraño amor. Pensé que podía superar tu ausencia, pero me equivoqué. Cada día me cuesta más acostumbrarme a vivir sin ti. Ya soy viejo y cuento los días que me faltan para reunirme de nuevo contigo. —se sincera el rey ante el fantasma de su esposa.

Ella le sonríe y le abraza. Aunque es tan solo el abrazo de alguien que ya no está allí, el soberano siente un escalofrío recorriendo su cuerpo, como si el cuerpo de su mujer estuviera pegado al suyo y aún siguiera viva.

En Nueva York, comienza a nevar con más intensidad y fuerza que antes. Alicia sale de la cocina con dos tazones de sopa caliente y le ofrece uno al chico de melena rizada.

Ten. Tómate este tazón de sopa caliente. Te sentará bien y te ayudará a combatir este frío. -le dice la bailarina.

Gracias. Y gracias también por la ropa. Es más cómoda y caliente que la mía. —responde el heredero.

Sabía que te quedaría bien. —sonríe ella mirándole.

El futuro rey toma un sorbo de la taza que la bailarina le ha entregado y le devuelve la sonrisa.

Tiene un sabor muy agradable.

Gracias. Es lo ideal y lo más sano que hay para calentar el cuerpo cuando hace tanto frío como hoy. —asegura la morena.

Sois la mujer ideal ; bella, generosa, de buen corazón y además inteligente. —se sincera el príncipe con ella mirándola fijamente. —Por eso me casaré con vos.

Al escuchar eso, la bailarina se atraganta un poco con la sopa de su taza.

Sé que te crees un príncipe y te agradezco que me libraras de aquel delincuente y también que no hayas tratado de aprovecharte de mi y me trates como a una princesa. Pero deberías dejar de decir esas cosas y cambiar tu manera de hablar o creerán que estás loco. —le asegura la joven a hijo del Rey.

Sé que no me creéis pero soy el príncipe y he venido a buscaros desde muy lejos para convertiros en mi esposa y en mi reina. Mi padre desea que me case porque cada vez está más cerca mi entronización como nuevo soberano y cuando llegue ese momento tengo que estar casado. De mi depende la continuidad de la corona, pero ninguna de las princesas que conozco es la adecuada para ser ni mi esposa, ni mi reina, la madre de mis hijos. —explica el hijo de la difunta Elizabeth. —Por eso he venido a buscaros.

Alicia ni da crédito a lo que escucha.

¿¡Por eso has venido a buscarme!? —se sorprende la joven que no cree ni una palabra de lo que él le asegura.

Así es. Os vi en las aguas de la fuente mágica del hechicero de mi palacio En cuanto os vi supe que erais la apropiada y tras despedirme de mi padre, el rey, el mago de la corte me hizo llegar hasta aquí usando sus poderes mágicos. —le explica el muchacho a su anfitriona.

En palacio, en el mundo del príncipe, el rey se sincera con su esposa y le dice a su espíritu que teme que el joven no regrese.

Él es el único heredero. Si no regresa pronto la corona morirá conmigo. —se lamenta el enfermo monarca.

Su esposa le mira con tristeza. La reina guarda un secreto respecto al heredero de la corona. Un secreto que se llevó a la tumba y que no tuvo e valor de confesar a su esposo. El único que conoce dicho secreto es el mago de la corte que juró guardar en silencio el secreto de la reina difunta.

Lejos de allí, en una aldea cercana, vive un apuesto labriego de cabello rubio, liso y largo, de asombroso parecido con Eduard, en una humilde cabaña con sus padres y hermanos. Sale con una joven del lugar, la más bonita de la aldea, que casualmente, guarda una gran parecido con Alicia, pero con el cabello rubio y largo. Son muy felices, pero aún no han podido casarse pese a que un desconocido benefactor le hace llegar al muchacho varias monedas de oro desde que era un bebé. Diversas causas han impedido la boda de ambos, pero tarde o temprano unirán sus vidas.

En Palacio, el fantasma de la reina visita al mago, que es el único que puede ver el fantasma del la dama, para hablar con él.

Ha llegado el momento que el rey sepa la verdad. No es justo que siga engañado por más tiempo. Debe saber que Eduard no es el único heredero al trono. Solo así podrá tomar una decisión sobre el futuro de la monarquía. Agradezco vuestra lealtad todos estos años para conmigo, pero ya no es necesario que sigáis guardando el secreto. Cuanto antes habléis con él, mucho mejor. —le pide la soberana al mago.

Lo haré lo antes posible, Majestad. —responde él.

Gracias. —sonríe la reina evaporándose en el aire instantes más tarde.

El hechicero solicita hablar con el monarca al que termina confesando el gran secreto que ha guardado desde hace años.

¡Me habéis traicionado! —exclama el rey muy enfadado. —Debería castigaros por ello pero no puedo, mi hijo os quiere como a un padre y además os necesito. Si no fuera por eso os castigaría como merecéis.

No os traicioné. En muchas ocasiones le aconsejé a vuestra esposa que hablara, pero no quiso hacerlo. Supongo que tenía miedo de decepcionaros. Creyó que el infante había fallecido cuando los gemelos vinieron al mundo. La reina no quiso causaros ningún disgusto y por eso optó por ocultar que no había tenido un hijo, sino dos y que, por desgracia, uno de ellos, al parecer, había muerto antes de nacer. Por ese motivo hizo que sacaran su cuerpo del castillo para enterrarlo fuera de palacio. Sin embargo, cuando descubrimos que seguía con vida la reina no supo que hacer. Fue entonces cuando decidió que fuese criado por otra familia y se encargó que nada le faltara. —se sincera el mago con el monarca.

¿Y quién es mi hijo? ¿Dónde se encuentra? —exige saber el padre de ahora los dos muchachos.

Lo desconozco. Nunca supe que fue de él. Un caballero de palacio lo depositó sobre una canastilla en el río con la esperanza de que fuese acogido por una buena familia y que lo criara. Nació con un soplo de vida y por eso vuestra esposa lo creyó muerto. No sé su paradero. La reina era la única que lo sabía pero jamás me lo dijo. —se sincera el mago con su rey.

El monarca, que no puede asimilar todo aquello que acaba de escuchar comienza a sentir un fuerte dolor que comienza en su mano, va subiendo despacio por el brazo para llegar a su pecho. El soberano se desmaya poco después y el mago, asustado grita pidiendo ayuda y cuando algunos caballeros acuden a su petición de socorro, hallan al soberano sin conocimiento sobre el suelo. Entre todos lo trasladan hasta sus aposentos.

En la aldea, el campesino ha escrito un bello poema de amor para su novia y es tan hermoso que la joven no puede evitar emocionarse cuando el hombre que ama termina de leer lo que ha compuesto para ella.

En Nueva York, Alicia sigue sin creer en la historia que Eduard acaba de contarle mientras en el reino de su huésped, el monarca, recostado sobre la cama real pide hablar con el mago.

El príncipe debe saber que tiene un hermano. Ambos tienen los mismos derechos por igual a heredar el trono. No me queda mucho tiempo, desde hace ya tiempo mi corazón no anda bien y el medico no puede hacer ya mucho por mi. —se sincera ella monarca.

No lo sabía, Majestad. Perdóneme. Me siento culpable de lo que acaba de pasar. —se lamenta el nigromante.

A pesar que me habéis decepcionado demasiado, vos no tenéis ninguna responsabilidad. Mi corazón anda mal desde hace tiempo, nadie más que yo y el médico lo sabíamos, ni siquiera el príncipe Eduard lo sabe. —se sincera el monarca.

Buscar al otro príncipe supondría un gran problema, Majestad. Nacieron el mismo día, con apenas unos minutos de diferencia. Lo que está hecho, hecho está. Creo que sería mejor dejarlo así. —aconseja el hechicero a su rey. —Vuestro otro vástago tendrá otra vida con la gente que le crió, ¿Cómo vamos a decirle, que de repente, no es quién siempre creyó ser? —asevera el hacedor de magia.

El soberano, furioso, se incorpora levemente de la cama a duras penas.

¡No! Él ha de ocupar el lugar que le corresponde como príncipe. —dice el padre de los dos jóvenes.

Pues tenemos un problema. ¿Quién de los dos sería el legítimo rey, el príncipe Eduard o el otro joven del cual no sabemos nada? —pregunta el mago, algo más joven que el monarca.

Eso ya se verá. Mi hijo debe regresar y buscar a su hermano. —asegura el soberano.

Tiene hasta año nuevo para conquistar a esa joven. Si para entonces no lo ha logrado tendrá que regresar y casarse con quien vos decidáis. Si no regresa para año nuevo, quedará atrapado en aquel mundo para siempre. —le confiesa el nigromante al regente.

Eso ahora no importa. Eduard debe sacrificarse por su familia y por su pueblo. Y si para ello tiene que renunciar al amor, ¡que así sea! —responde el progenitor del joven.

Se hará lo que vos queráis, Majestad. Pero, ¿cómo reconocer a su hermano? En el reino hay hombres muy parecidos al príncipe. —asevera el hacedor de magia al rey.

Según me habéis dicho, mis dos hijos son gemelos, por lo tanto Eduard lo sabrá cuando lo tenga delante porque será como mirarse en un espejo.

El ese instante, el fantasma de la fallecida reina aparece en las estancias reales..

Mi rey, vuestra esposa está aquí —le confiesa el mago al soberano.

Decidle a mi esposo que nuestro otro hijo lleva la marca real en el mismo lugar en el que la lleva Eduard. La muñeca de la mano izquierda. Además desde que era un bebé, recibe un saquito de terciopelo azul con la marca real y monedas de oro en su interior. La mujer que lo crió no sabe quien es la criatura que ha criado, pero si es una persona honrada habrá guardado esas bolsas y habrá utilizado esas monedas de oro para que nada le falte a nuestro hijo. —comenta la reina al hechicero de la corte y mirando a su esposo con preocupación.

El mago transmite al rey palabra por palabra el mensaje que la difunta soberana le ha dado para su esposo.

Haced regresar a mi hijo y cuando llegue que venga a verme. ¡Rápido! Daos prisa. El tiempo se me agota. —ordena el monarca al mago.

Enseguida Majestad. —responde el hombre retirándose de los aposentos reales.

La fallecida esposa del rey se aproxima a la cama de su cónyuge y le besa en la mejilla. El monarca enseguida siente la presencia del alma de su esposa.

Pronto estaremos juntos de nuevo, amor. —asegura el rey al fantasma de su mujer.

El padre de los dos gemelos siente acercarse el final de su vida.

En Nueva York...

No me importa que te creas un príncipe. Eres el hombre más especial que he conocido. —dice Alicia a Eduard.

Vos sí que sois especial. Por eso vine a buscaros desde tan lejos. —la sonríe él.

En ese momento ambos se dan su primer beso. Es algo pronto para ese beso, quizá, porque se han conocido esa misma noche, pero es la primera vez que la bailarina recibe un beso tan dulce y apasionado.

El mago aparece instantes más tarde en el salón del hogar de Alicia y se sorprende al ver al príncipe besando a la joven. Sabe que no ha llegado en un momento oportuno pero debe llevarse al heredero con él.

Alteza. —dice el hechicero.

Al ver aparecer y escuchar a alguien en su casa de la nada, la morena se asusta.

No temáis. Es el hechicero de mi castillo. Es un buen hombre. —le explica el príncipe a la bailarina que no da crédito a lo que ve. —No os mentí en ningún momento cuando os dije soy el príncipe Eduard y que vine en vuestra busca. ¿Qué hacéis aquí? —se dirige el muchacho en esta ocasión al nigromante.

Vuestro padre, el rey, os necesita. Está muy enfermo y desea que hagáis algo por él. —le explica el hacedor de hechizos al joven. —No os preocupéis por ella. —dice el hechicero mirando a la bailarina. —Si en verdad os ama como vos a ella, os esperará, —se vuelve a dirigir al príncipe. —Debemos apresurarnos. A vuestro padre le queda poco tiempo. El médico de palacio ya nada más puede hacer por él.

Regresaré a buscaros para haceros mi esposa si así lo deseáis. Jamás había creído demasiado en los hechizos a pesar que allá de donde vengo existen. Sin embargo, ahora creo totalmente en ellos porque vos me habéis hechizado. —le dice el hijo del Rey a la bailarina besando con dulzura sus labios poco después, apenas rozándolos.

Eduard llega junto al mago.

No olvides tu ropa. —le dice ella entregándole sus ropajes de príncipe.

Esperadme. —le pide el chico de melena rizada.

El nigromante pronuncia las mismas palabras que llevaron al heredero a Nueva York pero esta vez para hacer el camino inverso y retornar a su mundo. Ambos se evaporan en la nada instantes después.

Alicia se deja caer en el sofá con pesadez, incrédula ante lo que acaba de presenciar con sus propios ojos. Ella nunca creyó y aún le cuesta creer, en el chico desconocido rubio cuando él aseguraba ser un príncipe llegado de un mundo lejano, pero...

Tiene que ser un sueño, eso debe ser. Se debe haber quedado dormida en algún momento y ha soñado eso. No hay otra explicación posible.

En cuanto el mago y el príncipe llegan a palacio Eduardo corre a ver a su padre.

Aquí estoy, padre. ¿Para qué queríais verme? —pregunta el futuro rey al actual soberano.

Dejadnos solos. —pide el monarca al hombre de los hechizos.

Cuidad de ella, ¡por favor! —implora el heredero al mago. —Os la encargo. Alguien desea hacerle daño.

No os preocupéis, Alteza. Lo haré. —responde el mago antes de irse.

Una vez a solas con Eduard, su padre, poco a poco y con mucho esfuerzo, le cuenta a su vástago el motivo por el cual le hizo regresar. El muchacho se sorprende pues no esperaba recibir semejante noticia de boca de su padre.

¿Tengo un hermano? —se sorprende el príncipe.

Así es y sois gemelos. Ve en su busca y tráelo ante mi. Debe estar en su verdadero hogar. —le implora su progenitor.

Lo encontraré, padre, os lo prometo. —le dice el joven a su padre.

Poneos en marcha enseguida. No me queda mucho tiempo y quisiera veros a ambos juntos ante de marcharme junto a vuestra madre. —se sincera el moribundo rey.

Lo haré, pero por favor no os dejéis vencer. —besa el príncipe la mejilla del soberano. —Siempre habéis sido una persona fuerte y sana.

Sí, pero ya soy viejo y la muerte me reclama. —responde su padre.

En Nueva York, en la época ochentera, Alicia termina de tomarse el caldo y se acuesta. Necesita dormir, son demasiadas emociones para un solo día.

Días más tarde, la joven vuelve a bailar la misma danza que realizó en el local cuando vio por primera vez a Eduard, pero en esta ocasión, él no está en el local mirándola fijamente.

En el reino, el heredero sigue buscando a su hermano perdido. Acaba de llegar a otra de las aldeas que forman parte de los dominios de la familia real a la cual pertenece e interviene en ese momento en una trifulca entre aldeanos. Tres hombres se enfrentan a otro acusándole de seducir a las mujeres que ellos aman para luego abandonarlas.
En realidad, nada de lo que se le acusa es cierto y el acusado lo niega con vehemencia. Las mujeres que le acusan están locas por el guapo campesino y han intentado seducirle, pero el joven las ha ignorado por completo ya que el muchacho solo ama a su prometida y la respeta por encima de todo. Sin embargo, los aldeanos creen que el chico las ha seducido y las jóvenes guardan silencio por temor a los aldeanos en lugar de decir la verdad.

No os metáis en asuntos ajenos. —le advierte uno de los hombres a Eduardo.

Es asunto mío cuando os enfrentáis todos a la vez a una sola persona ¿Os parece justo atacar todos juntos a un solo hombre? Eso es de cobardes. —les asegura el hijo del monarca.

¿Nos estás llamando cobardes? —le dice uno de ellos enfrentándose a él.

En ese momento, los dos, el campesino acusado y el príncipe luchan contra los agresores del aldeano. Y a los agresores del joven campesino pronto se les suman más hombres. Ahora son diez hombres contra dos.

Entonces las campesinas deciden hablar.

¡Basta ya! Dejadles tranquilos. —pide una de ellas.

Él no tiene la culpa de nada. —interviene su compañera.

Jamás intentó seducirnos a ninguna de nosotras. Todo lo contrario. —asevera una tercera.

Los agresores las miran sin comprender.

—Esa es la verdad. Jamás intentó nada con ninguna de nosotras. Mentimos. —vuelve a decir la primera de ellas.

Y lo sentimos mucho nosotras hicimos mal. —se sincera la segunda joven.
Es un buen hombre. —concluye la tercera. —Un hombre enamorado que nunca traicionaría a la mujer que ama.

Tras la confesión de las tres chicas, los aldeanos desisten y deciden no seguir atacando al joven ya que no hay motivos para ello.

Cuando, segundos después, los aldeanos ven juntos al príncipe y al campesino no pueden evitar una cara de sorpresa. Esos dos hombres son como dos gotas de agua.

En el momento en que los dos chicos se miran por vez primera tienen la misma reacción que el resto del los vecinos de la aldeanos.

¡Os encontré Después de días buscándoos al fin os he hallado, hermano. —dice Eduard.

Estáis loco. ¿De qué habláis? Os agradezco que salierais en mi defensa pero creo estáis mal de la cabeza, sin duda. —responde Eric que así se llama el campesino, besando la cabeza de su novia que acaba de llegar.

¡Alicia! ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —se sorprende Eduard al ver a la novia de Eric.

Me confundís con otra persona. Mi nombre es Andrea. —le explica la novia del campesino al hijo del rey.

Entonces el hijo del rey recuerda la bailarina, aunque si bien se parecen muchísimo, no son la misma mujer. Alicia es morena y esa mujer es rubia.

Tenéis razón. Disculpadme. Os confundí con la mujer que amo. Es que sois su vivo retrato. —responde el príncipe.

En Nueva York, ya es el día de Nochebuena y la bailarina, después de actuar va tomar algo con sus compañeras. Luego todas se despiden hasta después de esas fiestas que es cuando volverán a actuar. Se pone su abrigo rojo de terciopelo con cuello y puños de pelo sintético, unos guantes negros también de terciopelo y se dirige a la puerta.

¡Brrr! ¡Qué frío! —exclama la bailarina en cuanto abre la puerta.

Alicia transita por las calles de la ciudad hasta que alguien le tapa la boca y la arrastra hacia el interior de un callejón. Cuando ella descubre la identidad de la persona que le ha tapado la boca, una mueca de terror aparece en su rostro. Es el mismo hombre que trató de agredirla días atrás. El delincuente ha estado un tiempo encerrado e una celda por robo.

Vamos a continuar lo que empezamos el otro día, preciosa. —dice el delincuente mirando el cuerpo de bailarina con lujuria.

Ella intenta librarse de él pero su agresor es mucho más fuerte que ella. En ese momento alguien sale de las sombras del callejón en el que el criminal tiene retenida a Alicia.

¡Soltadla! —le exige el mago de la corte de Eduard.

¡Impídemelo, payaso! ¡Fantoche ridículo. —responde el delincuente observando las vestimentas del hombre, tan propias de la época en la que vive y riéndose de él.

Con un movimiento de la mano y sin tocarle, el mago lanza al individuo lejos de Alicia haciéndole caer sobre unas bolsas de basura.

Daos prisa, muchacha. Os llevaré a casa. —le dice el hechicera a Alicia.

Ella corre junto a él y ambos se desvanecen en el aire desapareciendo del callejón. Minutos después, ambos aparecen en el salón del hogar de Alicia.

Gracias. Es la segunda vez que intenta agredirme. —se sincera la Morena con él.

—Lo sé. El príncipe me pidió que os protegiera porque estabais en peligro.

Ella sonríe.

¿Cómo se encuentra el príncipe? —desea saber ella.

Bien. Su padre le encomendó una misión muy importante y aún no ha regresado a Palacio. —le cuenta con la mago a la joven.

Seguro que lo logrará. Es un hombre decidido, valiente y seguro de si mismo. —responde la bailarina sonriendo al recordarle.

En efecto. Lo logrará. Estaré pendiente de vos por si me necesitáis. Ahora debo marcharme. —asegura el nigromante desapareciendo en el aire instantes después.

El hechicero regresa al callejón al ver al agresor de la danzarina que enfurece al verle e intenta atacarlo. Pero el mago se desvanece en el aire para volver a aparecer detrás del criminal que se enfrenta al hacedor de magia.

¡No te entrometas en mis asuntos! ¡Imbécil! —dice el delincuente.

¿Vuestro asunto? No creo que agredir a una dama sea vuestro asunto. —responde el mago. —Ya que como un cerdo os comportáis, un cerdo seréis.

El mago convierte al agresor en un cerdo real y desaparece segundos después.

En la aldea, el príncipe insiste al campesino en el parentesco que les une.

Soy el príncipe del reino y vos mi hermano. Nuestra madre, la reina, creyó que habíais muerto en el parto y decidió ocultarle al rey que había tenido dos hijos gemelos y que uno estaba muerto. Eso le habría hecho sufrir. —se sincera Eduard. —Por eso hizo que os sacaran de palacio para que fueseis enterrados fuera de él. Pero cuando descubrieron que a pesar de que nacistéis muy débil seguiaís vivo no supieron que hacer.  Finalmente decidió que os criara otra familia y se aseguró que no os faltara de nada. Un caballero del castillo os depósito en una canastilla sobre el río con la esperanza que alguna buena familia os encontrara y y os criara.

Esa es una historia absurda. No tiene ni pies ni cabeza. —responde el campesino.

Puede ser, pero es la verdad. Mirad vuestra muñeca izquierda. —dice Eduard mostrando la suya al campesino. —Si vos sois mi hermano, como presumo, tendréis esta misma marca que tengo yo en la muñeca izquierda. —asevera el joven príncipe.

El aldeano hace lo que su doble le dice y descubre, sorprendido, que tiene la misma marca en su mano que el príncipe en la suya.

¿Lo veis? Además hay algo más que os puede confirmar que mi historia es cierta. —asevera el actual príncipe. —le informa el joven a su recién encontrado hermano.

¿Qué? —se sorprende de nuevo el campesino.

Siempre habéis recibido monedas de oro en negro pequeño saquito de terciopelo azul. —le confiesa Eduard al joven.

¿Cómo sabéis eso? —se sorprende por tercera vez el campesino.

Por que es lo que la reina os enviaba para que no sufrieráis penurias económicas. Deben seguir en vuestra casa, ¡comprobadlo! —le dice el heredero a un cada más sorprendido Eric.

Cuando el aldeano llega a casa y le explica lo ocurrido a su progenitora, esta le confirma toda la historia mostrándole después las bolsitas en las cuales venían las monedas de oro procedentes de palacio.

Eduard comprueba que los saquitos tienen el emblema de la casa real.

Te encontré en el río y te recogí. Traías contigo la primera bolsa de monedas de oro, de las muchas que te llegaron después. No sabía de donde venías, de donde habías salido pero me robaste el corazón en el momento en que me sonreíste. Estabas muy débil y enfermo cuando te encontré, jamás pensé que saldrías adelante y te recuperarías, pero siempre has sido un luchador y te recuperaste. A pesar que yo no te traje al mundo te quiero como a un verdadero hijo. -se sincera la humilde mujer con el joven.

Y yo a vos, madre. —la abraza Eric emocionado. —Para mi siempre seréis mi madre pues fuisteis la única que conocí.

Ahora vuelve a tu hogar, tu verdadero padre te espera. Supe que era tu hermano, —mira la mujer a Eduard, —en cuanto le vi aparecer aquí contigo. Tenéis dos hogares. El lugar al cual pertenecéis y esta humilde cabaña que os vio crecer. Id junto al rey. Este lugar siempre tendrá las puertas abiertas para ti y tu hermano. —besa la campesina la frente de aquel que ha criado con amor.

Hermano debemos apresurarnos. Nuestro padre nos espera. No tenemos mucho tiempo. El rey se muere y desea vernos juntos antes de reunirse en el otro lado con nuestra madre. —dice Eduardo a su hermano.

Eric se despide de su madre adoptiva y su novia a las que les promete regresar. Al quedarse solas, Andrea se sincera con la mujer que crió al hijo del monarca.

No volverá. Ahora que es un príncipe y su lugar es en el castillo puede regresar por vos, más no por mi. —se lamenta la campesina con la mujer que crió a Eric.

Crié a un buen hombre, me empeñé muchísimo en eso. Regresará por ambas. Sé que mi hijo te ama de verdad. —responde la más mayor de las dos mujeres a la más joven tomando la mano de la muchacha con ternura.

Lo sé, pero ahora es un príncipe y yo solo una campesina. —se lamenta la joven apesadumbrada.

En Nueva York, Alicia recuerda al príncipe. Le extraña tanto... Desearía que estuviese allí junto a ella y la besase. Solo estuvieron unas horas juntos, pero no ha podido olvidarlo. Ni ella misma se lo cree, pero se ha enamorado de él.

«¡Alicia, no seas absurda, irreal e infantil!» piensa la morena «No puedes haberte enamorado de un hombre al que solo has conocido durante unas horas» «¡No seas ridícula!»

Eso es algo solo típico de cuentos, pero aquello es la vida real. Debe estar confundida porque es un hombre muy especial, además no volverá a verle más así que...Tal vez sea mejor así.

En el castillo el soberano cada vez está más débil y teme no poder ver a sus dos hijos juntos de nuevo antes de morir. Pero justo en ese momento, ambos entran en sus aposentos. Es Eduard quien se adelanta y corre al tálamo de su progenitor.

¿Lo habéis encontrado? —pregunta su padre ansioso.

El joven sonríe y le hace una señal a su gemelo para que se acerque.

Sí, padre. Por fin le he encontrado. Aquí le tenéis.

El rey sonríe al verlos juntos.

¡Es increíble! —se sorprende el regente. —¡Sois idénticos! Venid y dame un beso. Deseo recibir el primer y último beso de mi hijo perdido.

Eric no puede evitar emocionarse y besa a su progenitor. El rey sonríe.

Estoy seguro que entre ambos hallaréis una solución justa al tema de la sucesión. Ahora debo irme. Ha llegado mi hora. —asevera el monarca debilitando se por momentos.

Minutos más tarde, el rey cierra los ojos. Una brillante luz aparece en la estancia y en ella se encuentra la reina a la que sus dos hijos pueden ver.

¡Por fin mis dos hijos juntos de nuevo! —exclama la difunta reina emocionada.

El fantasma de su esposo, el rey, llega junto a ella y el matrimonio sonríe a sus vástagos que comprenden que su padre acaba de fallecer. Luego la luz desaparece y con ella los soberanos. Los príncipes lloran la muerte de su progenitor.

En la ciudad de los rascacielos, la bailarina observa por la ventana la copiosa nevada que cae en el exterior. Un año más pasará las navidades sola. Su familia sigue en Miami y todavía no han podido viajar a Nueva York para visitarla. Tan solo su hermano mayor ha ido a verla en diversas ocasiones desde Chicago que es donde él reside.

Aunque pasará esas noches sola no piensa renunciar a tomar una buena cena y vestirse de gala para la ocasión. Cenará a una menestra de verdura y un tamal, tan propio de su patria. De vez en cuando toma algo de carne aunque no le agrada demasiado, prefiere la verdura y la fruta. Esa noche brindará por su vida mientras cena. Tal vez también tome otro tazón de sopa caliente, ya que por esas fechas, cuando hace tanto frío, siempre prepara una olla grande de caldo. La ayuda a entrar en calor cuando llega de trabajar y además le provoca una sensación de bienestar.

Planea ver la película ¡Qué bello es vivir!, un clásico intemporal que Estados Unidos lleva retransmitiendo por esas fechas desde hace años. Es una especie de tradición estadounidense.

En el castillo, los herederos buscan una solución para saber quién de los dos debe asumir su nuevo rol como rey.

El rey debéis ser vos dado que lleváis toda la vida junto a nuestro padre preparándoos para este día. Yo solo soy campesino. —le dice Eric a su hermano. —Además yo no sabría como hacerlo.

No sois un campesino, sois un príncipe. Sabréis como reinar, usad vuestro instinto y vuestro corazón. Seguro que seréis un gran rey. Nacimos el mismo día de modo que ambos tenemos los mismos derechos. —le explica Eduard a su clon.

El joven príncipe piensa en Alicia, en el lugar en el que la conoció y en las calles de Nueva York engalanadas en Navidad y sonríe.

Hermano, acabo de tener una idea. Creo que te gustará. —dice Eduard.

Cuando Eric escucha lo que su gemelo le cuenta sonríe también.

Me parece una gran idea, hermano. —contesta el joven que de crió como campesino.

Ahora debemos anunciar la muerte de nuestro padre. Además tú tienes algo que hacer, Eric. El nuevo rey ha de casarse el mismo día en el que sea coronado. Id en busca de la mujer que amáis. Yo también tengo algo que hacer.—sonríe el príncipe
Eduard de forma enigmática.

Los hermanos anuncian el fallecimiento del soberano al Consejero Real que les da su pésame.

Lo lamento, Alteza. Vuestro padre fue un gran rey. Ahora vos ocupareis su lugar. —se dirige el hombre a Eduard.

No os adelantéis a los hechos. No seré rey hasta el día de mi coronación. Todavía soy el príncipe. Ambos somos los príncipes. —asegura Eduard al Consejero Real.

Como deseéis, Alteza. —responde el hombre intrigado y retirándose de la presencia de los hermanos.

Eric sale de las habitaciones reales y sale en busca de Andrea. En cuanto llega a la aldea y la encuentra le propone matrimonio.

Nos casaremos mañana mismo. El día de la coronación.

Ella le besa, aceptando así su propuesta y ambos acuden a la casa en la que Eric creció para darle la noticia a la mujer que le crió que se muestra muy feliz por la noticia.

¿Lo ves, Andrea? Te dije que mi hijo te ama.

Ella la sonríe para después mirar enamorado a su futuro marido.

En Palacio, Eduard pide al mago que le lleve junto a la bailarina, en Nueva York.

Aún no sabéis si os ama. —le recuerda el hechicera a uno de los hijos del fallecido rey.

Todavía tengo tiempo para conquistarla. Aún quedan unos días para Año nuevo. Si para entonces nada he logrado regresaré. Estad atento porque cuando desee volver os lo haré saber. —le pide de joven al nigromante.

De acuerdo, Alteza, pero recordad que si para Año Nuevo no estáis aquí, quedaréis atrapado en aquel lugar para siempre. —le recuerda el hechicero.

Lo sé. —responde el joven.
Eduard no tarda en llegar de nuevo a Nueva York gracias a la magia de la hacedor de hechizos.

Estáis más bella que la última vez que os vi. —le dice el joven heredero a la bailarina al aparecer que cena sola junto a la chimenea ataviada con un vestido verde y el cabello recogido.

Ella se asusta un poco y se gira al escuchar la voz de Eduard sorprendida de verle allí de nuevo.

¿Por qué os sorprendéis? Al marcharme os aseguré que regresaría por vos. —sonríe Eduard. ¿Tan pronto os habéis olvidado de mi?

Alicia corre hacia él y le abraza.

Vengo por vos. Mañana es el día de la coronación y debo casarme. Y quiero hacerlo con vos. ¿Aceptáis ser mi esposa? —propone el príncipe a la bailarina.

Esa proposición toma a Alicia por sorpresa. No esperaba algo como aquello. Nunca Le habían propuesto matrimonio y menos aún un hombre con el cual apenas compartió unas horas. Sí quiere casarse con él. Tal vez sea una locura pero se arriesgará.

Sí. Deseo ser tu esposa. —contesta ella.

Se besan.

Eduard Le cuenta porque tuvo que regresar a su país y ella se sorprende con la historia que el joven le acaba de contar, pero le cree.

¿Cómo no creerle después de lo que ha vivido los últimos días?

Debemos irnos ya. Hay mucho que hacer para nuestros esponsales. —asegura el joven a su prometida.

Esto es una locura, Eduard, pero vámonos, vámonos ya. —propone ella al chico de melena rizada.

¡Hechicero! Estamos listos para volver al castillo. —dice el príncipe.

El mago que los observa a través de la fuente mágica usa sus poderes mágicos para trasladar a la pareja desde la casa de Alicia hasta el castillo.

Al día siguiente ambos príncipes se casan con las mujeres que aman.

El príncipe Eduard y yo hemos tomado una decisión. Ambos seremos coronados rey. Él reinará seis meses del año. —explica el esposo de Andrés mirando a su gemelo.—Y yo los seis meses siguientes.

Tras la sorpresa inicial que esta decisión ha originado entre la gente del castillo, ambos príncipes son coronados rey. A partir de ese momento comenzarán sus reinados. Eric gobernará los seis primeros meses del año. Luego su hermano tomará el relevo los seis siguientes.

Eduard conversa con el mago para comunicarle que a partir de ese momento desea pasar la Navidad en el lugar en que conoció a su esposa.

Esos días deseo pasarlos en Nueva York porque allí conocí a mi esposa. Mi hermano puede reinar desde Navidad hasta que se cumplan seis meses de reinado, es decir hasta Mayo. Y a partir de Mayo lo haré yo. Pero no quiero ni puedo inportunaros cada vez que desee ir hasta allí y volver aquí. —se sincera ella nuevo rey.

No es necesario. A la salida del palacio, en el bosque, hay un portal que os llevará donde deseéis. Buscad el árbol más alto y robusto, dad tres golpes en su tronco y se abrirá un portal para otro mundo. Solo pensad donde queréis ir y allí apareceréis. —le explica el mago.

Eduard se despide de su gemelo y le dice estará fuera unos días.

Volveremos a vernos el primer día del año. —asevera el rey Eduard a su hermano.

Eduard y Alicia acuden al bosque, hacen lo que el nigromante les dijo y aparecen en Nueva York la noche de Navidad. Van a pasear por sus calles, no sin antes comprar ropa para el nuevo monarca para que parezca un neuyorkino más, y cenan en casa de la danzarina.

¡Qué hermosa la Navidad en este lugar..! —dice Eduard.

Sí lo es. —responde su mujer.

Días después en año nuevo el matrimonio se besa nada más dar las doce de la noche. Pronto tendrán que ir a Central Park, atravesar el portal al llegar la una y retornar al reino pero no les importa pues saben que todas las navidades estarán juntos en el lugar en el que se conocieron.

FIN



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